La responsabilidad y el compromiso

27 12 2010

Desde que tengo cierta responsabilidad dentro de Izquierda Unida, algunas personas a las que aprecio y a las que de alguna manera quise hacer cómplices o proponerles algún tipo de colaboración, primero, manifestaron su sorpresa porque hubiese pasado a primera línea de la política, después, se fueron atreviendo a hacer algunos comentarios que, pasado el tiempo, merecen alguna reflexión.

En el mundo de la enseñanza, tanto secundaria como universitaria, la definición política o el compromiso político no deja de ser visto como una limitación. Cuando en algún momento, les he insistido en la necesidad de recuperar el espacio público como espacio de participación, en la necesidad de intervenir, frenar la hegemonía de la derecha, expresar la discrepancia, asistir a reuniones, organizarse y que no podemos abandonar sobre todo en estos momentos, casi siempre he recibido la callada por respuesta. O se consideran por encima del compromiso o están de vuelta de él o me miran con candidez. Algunos incluso expresan su mayor temor, el temor a ser manipulados por los medios o por la vorágine partidista. Debo desistir. Claramente, no va con ellos.

Sin embargo, el comentario que más me hizo pensar fue “Vale, pero soy muy escéptico…”. Como llevo haciendo bandera de escepticismo durante tantos años, me sorprendió que me adscribiesen al bando de los dogmáticos tan rápidamente.

Participar en la vida pública a través de una organización política no es volverse dogmático, ni converso a una nueva fe y, menos aún, compartir la totalidad de los dogmas o supuestos dogmas. La acción política es, sigue y seguirá siendo el territorio de lo incierto. No hay lugar a dogmatismos en una acción política inteligente. Por eso, todo el descontento con la política y con los políticos, con esta farsa en que muchas veces se ha convertido la democracia, no puede resolverse en la inacción, en el enroque y el retiro en una torre de cristal aséptica. Sin salir a jugar, todos podemos conservar el pantalón sin manchas y sin rotos, pero se nos habrá pasado la vida sin jugar y el juego lo habrán ganado quienes no queríamos.

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