Adiós a las armas

25 10 2011

Este jueves 20 de octubre se hizo público un comunicado de ETA en el que anunciaba el “cese definitivo de su actividad armada”. Por fin, una buena noticia entre tanto nubarrón negro en el horizonte, una alegría para todos los que hemos creído en la democracia y el respeto a la ley frente al terrorismo.

Casi de inmediato también conocimos la declaración institucional del gobierno y los distintos comunicados de partidos políticos en declaraciones cerradas, sin preguntas. Un ejercicio meticuloso de contención, de palabra justa, medida y repensada, de forma que no quedase espacio a la ambigüedad que requiriese posteriores aclaraciones.

La diferencia es que el comunicado de ETA, a pesar de la puesta en escena tan estudiada y poco sorpresiva, llegaba tras un largo periodo de preparación al que han contribuido decisivamente la lucha y los éxitos policiales, la declaración de tregua con supervisión, las declaraciones de los presos desvinculándose de la lucha armada, las resoluciones del pasado Congreso de San Sebastián, el reconocimiento de las propias debilidades internas y de la falta de legitimación social. Todo ese contexto nos había preparado para esperar como algo inminente una declaración como la que se produjo el jueves pasado. La sociedad española estaba ya preparada para el anuncio del cese de la violencia.

Frente a eso, en los comunicados de los partidos se ha preferido mirar adelante: Dar las gracias a todos los que han luchado o colaborado en la lucha contra el terrorismo, dar las gracias a la sociedad española por su firmeza y hacer un reconocimiento y recuerdo a las víctimas, cuyo sacrificio hubiéramos deseado que fuese menor o no haberse producido, si el abandono de las armas hubiese llegado antes.  Incluso se han hecho bienintencionados llamamientos a la unidad, a la grandeza y a la prudencia para afrontar los nuevos tiempos. Y todo sin preguntas.

Por eso, hemos aceptado un comunicado con una parafernalia y una puesta en escena preocupante y patética, hemos pasado por alto que atribuyan a la lucha armada la creación de esta oportunidad para la paz y que se llame a los gobiernos de Francia y España para abrir un diálogo abierto para la resolución del conflicto. Hemos creído que es una forma de no decir lo que están reconociendo y es que han fracasado, que han sido derrotados y que la sociedad democrática los ha vencido.

Que algunos dirigentes del PP se hayan descolgado de la asepsia para decir que el único comunicado que esperan de ETA es el que anuncia su disolución, entregan las armas y piden perdón a las víctimas (algo que saben que no van a hacer más que algunos a título personal) no es más que un giño a sus incondicionales. Nada fuera del guión. Habrá que gestionar con tacto este paréntesis hasta el 21 de noviembre, parece ser la conclusión.

Pero si hemos creído a unos encapuchados y hemos creído incluso que dicen lo que no les hemos oído decir; las declaraciones políticas de quienes nos representan, están del lado de la ley y hablan a cara descubierta nos parecen insuficientes. No parecen tener un Plan A (ni un Plan B, por si todo se va al traste) para una situación tan difícil como puede ser el cese de la violencia, pero también esperada. No queremos tener dudas del lado de la legalidad democrática, ni queremos tener incertidumbres de quienes hablan a cara descubierta para añadir a la desconfianza que nos dejan los encapuchados. Y esto deber ir aclarándose también del lado del nacionalismo independentista antes del 20N.

El sábado 22 de octubre a las 12 de la mañana se inauguró la ampliación del Memorial de las víctimas de la represión franquista en el cementerio de Salamanca, organizado por la Asociación Salamanca por la Memoria y la Justicia. Fue un acto emocionante en el que se descubrió una enorme placa con los 848 nuevos nombres de víctimas que se añaden al memorial y un monolito que recuerda a quienes no fueron asesinados, pero sí sufrieron otras formas de represión. Las propias víctimas reconocían que con este acto no deseaban abrir nuevas heridas, sino cerrarlas. Y me pareció que esta reparación a las víctimas del franquismo también llegaba demasiado tarde. Al final, volvió a tomar la palabra Juan José Aparicio para pedir disculpas por haber hablado en público con gafas de sol. Y me pareció que en ese simple gesto, innecesario, pero honesto y de respeto, se encerraba una enorme diferencia: la grandeza de quienes quieren hablar a rostro descubierto y miseria de quienes esconden su indignidad en un pasamontañas, aunque sea para anunciar que dicen adiós a las armas.

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