Lo llaman democracia…

17 01 2012

Cuando hace unos días volví a ver La vida de los otros descubrí matices que se me habían escapado la primera vez. Alguna ventaja tiene que tener ver las cosas dos veces y reposadamente. En un régimen donde todos se han vuelto no solo sospechosos sino culpables de antemano, y así lo defiende el protagonista, donde toda persona que sea suficientemente vigilada o convenientemente interrogada terminará descubriéndose, no es posible suspender una investigación antes de haber confirmado las pruebas para la condena. Por eso, me sigue resultado difícil entender los motivos por los que el capitán Gerd Wiesler (Ulrich Mühe), convencido comunista y defensor inflexible e instructor meticuloso de los procedimientos de la Stasi, decide cerrar y falsear los datos de la investigación y favorecer a los vigilados, ganándose, no sé si con buen criterio, el apodo de “buen hombre”, pero sí poniendo en suspenso sus firmes convicciones y arriesgando su empleo. Resulta inesperado y prodigioso por lo excepcional en un régimen tan opresivo, controlador y corrupto como el régimen de la RDA de Honecker y en un hombre de las convicciones de Wiesler (o justamente por sus convicciones). Es otro sorprendente caso más de lo que podríamos llamar “factor humano”, es decir, la indeterminación que se produce en un sistema cerrado por la intervención de un hombre, en este caso, por el afloramiento de un comportamiento noble en un medio tan hostil. Pero, si el sistema no lo es todo en un régimen totalitario, menos lo es aún en un sistema democrático.
Sin duda, el imperio de la ley, la defensa a ultranza de la legalidad y los derechos humanos, el pluralismo y el respeto a las minorías, la participación ciudadana, etc. son pilares muy importantes en el funcionamiento de un sistema democrático. Pero el mero cumplimiento de la ley o de las leyes no es suficiente. Parecería que se necesita voluntad política, de eso que llamamos “factor humano”, de “buena voluntad”. Y así me suelen comentar muchas veces que todo depende de la “buena voluntad de los políticos”, especialmente en la participación y en la transparencia. Sin embargo, la buena voluntad sólo es válida en la ética, en los comportamientos privados, porque en la política se queda siempre en la excepción que confirma la regla, pero excepción al fin y al cabo. Como Gerd Wiesler es una excepción en la Stasi.  Y, aunque es verdad que las democracias mejoran moralmente a los ciudadanos, y basta leer Conversación en la Catedral para darse cuenta de la degeneración moral que comporta toda dictadura, no es verdad que basten buenos ciudadanos para hacer buena la democracia. Como decía Kant y a mi me gusta repetir, la democracia tendría que ser posible “incluso para un pueblo de demonios”, siempre que esté garantizada la transparencia. Porque la transparencia no es algo opcional, es el requisito indispensable que obliga a convertir el posible vicio privado en necesaria virtud pública. Por eso, las leyes en democracia no pueden tener una interpretación cerrada y acabada, sino abierta y en proyecto. Porque el dedo apunta la luna y no podemos quedarnos mirando el dedo. Así que, al igual que la suma justicia, sin equidad, podría convertirse en suma injusticia, la mera legalidad democrática no es nada si no está respaldada por principios y valores democráticos.
En este sentido, la celebración de las sesiones de Plenos en el Ayuntamiento de Salamanca por la mañana, regular la participación democrática como ocurre actualmente en un marco tan estrecho, que no permite ni canalizarla, ni impulsarla, ni favorecerla, sino solo limitarla y, lo que es especialmente más grave, haber vaciado de contenidos y competencias al propio Pleno municipal para trasladarlos a la Junta de Gobierno, en la que solo tiene representación el equipo de gobierno, son medidas perfectamente legales, incluso pueden argumentarse desde la eficacia y la rapidez necesarias en la toma de algunas decisiones, pero está claro que han provocado una concentración de poder, un recorte de la pluralidad democrática, han impedido o puesto trabas en el necesario control que debe ejercer la oposición y en la transparencia y ejercen una clara limitación de las funciones de la oposición a lo legalmente reconocido, que es justo aquello que pueda hacerla mínimamente operativa.
No me cabe duda que pueden ser legales, pero es evidente que no están inspiradas en principios y valores democráticos, que con ellas, la democracia ha dejado de ser esa aspiración de ser un sistema de autodeterminación social, para convertirse, sin cambiar ni una sola coma en las leyes, en un sistema de legitimación no del poder, sino de los poderosos. Y así, volvemos a darles la razón a quienes dicen: Lo llaman democracia y no lo es.

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