Nuestro tiempo

6 11 2012

Como la teoría de los lugares naturales de Aristóteles, la viñeta de El Roto de este sábado expresaba una ley económica básica más visible ahora en estos tiempos de crisis: “enriquecer a los ricos, empobrecer a los pobres, a cada uno lo suyo”.

Se explica así el funcionamiento natural de la economía. Al igual que los cuerpos compuestos mayoritariamente de aire o fuego tienen a subir y los compuestos de tierra, decía Aristóteles, tienden naturalmente a caer buscando su lugar natural, los ricos tienden naturalmente a hacerse más ricos y los pobres, a hacerse más pobres: Ley de vida,  como la que nos repetían nuestros mayores al decir que “siempre ha habido ricos y pobres”.

Por suerte para nosotros, a Aristóteles le llegó su Galileo para desmontarlo, pero todavía no le ha llegado su San Martín a este naturalismo economicista que nos aplasta.

Frecuentemente, me gusta recordar frente a este supuesto naturalismo inapelable de la economía, la falta de fundamento natural de la democracia. Hablo de democracia, no de esta oligarquía disfrazada en la que vivimos. Porque, en efecto, la democracia rompe el fundamento natural del poder al negar su derecho a ejercerlo a quienes lo poseen por naturaleza (o por la gracia de Dios, que viene a ser lo mismo): Nadie tiene por naturaleza derecho a ejercer el poder (ni los más poderosos ni los más capacitados ni los más ricos), el poder en democracia carece de fundamento natural, para convertirse simplemente en autoridad reconocida por la voluntad general expresada en las urnas. En democracia, es justo la ausencia radical de fundamento del poder lo que le proporciona la máxima legitimidad. En democracia, hemos invertido (o por lo menos lo hemos intentado) el orden natural para establecer un orden artificial, antinatural, incluso.

Con razón recelan de la democracia quienes, creyéndose poseedores por naturaleza del derecho a gobernar, las urnas les privan ocasionalmente de ejercerlo. Porque, históricamente, no nos engañemos, la democracia no ha sido más que una excepción a la norma, una anomalía, podríamos decir.

Por eso, para quienes defienden y se amparan en este orden natural del mundo (y ya sabemos por Tomás de Aquino que la ley natural no es más que el reflejo de la ley divina), toda artificialidad humana que lo niegue para abrir espacios de libertad y justicia es pervertida y antinatural: la homosexualidad, el derecho a decidir sobre la maternidad, sin conformarse con lo que “Dios nos mande”, la eutanasia, que implica la posesión radical de tu vida y la hora de tu muerte, frente a lo que “Dios quiera y tenga dispuesto” y un largo etc. Por eso, también resulta tan infrecuente y anómala la solidaridad (y con ella todos los valores humanos de reflexión) frente al egoísmo posesivo, que sale tan natural y tan espontáneo.

Por eso también, quienes tienen por naturaleza el poder son capaces de “ganar” tiempo, de gestionar su tiempo e imponer sus tiempos a los demás, que es la forma más sutil y descarnada de dominio: “No es el momento para huelgas”, repetía como la voz de su amo este domingo Javier Galán, subdelegado de gobierno en Salamanca, en una entrevista. Para el poder, nunca es tiempo de huelgas ni de protestas. Y recordaba al leerlo como Primo Levi contaba que en los campos de concentración, a pesar de las distintas y sesudas teorías que advertían que el mendrugo de pan que entregaban con la sopa de mediodía alimentaba más por la tarde, todos se precipitaban a mojarlo inmediatamente con la sopa, incomprensiblemente y contra toda teoría probada y natural, porque el hambre no entiende de tiempos.

Y escuchaba también este fin de semana a un representante de CSIF, explicando por qué no apoyaban la huelga. Habían hecho un cálculo riguroso y científico del coste-beneficio y no creían que pudieran exigirles a sus afiliados el sacrificio de otro descuento por huelga: Ocúpate de tus cosas, dedícate a lo tuyo y no te preocupes por los demás. Esa es la norma.

Pero frente a ese tiempo natural impuesto, ese tiempo de los dioses que desde la eternidad, con todo su poder, contemplan indiferentes el sufrimiento humano, que establecen cuál es el “momento oportuno”, que nunca llega, frente  a ese sano espíritu egoísta que no arriesga nada sin someterlo a un cálculo económico estricto, frente a esta ley económica natural que sólo beneficia a los de siempre, es el tiempo de negarse a la catástrofe y a la injusticia, de rebelarse contra esa desigualdad y esa codicia natural impuestas; frente a ese tiempo natural de los dioses, está este nuevo tiempo artificial  de la democracia y de los seres humanos, que es nuestro tiempo.

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4 responses

6 11 2012
Marco Antonio Hernández Nieto

Me parece excelente. Aunque discrepe ligeramente en que el hecho de que a Aristóteles le llegara su Galileo fuera una suerte (ya que: ¿no es ese Galileo -y no me refiero a Galileo como tal, sino a Galileo en tanto en cuanto hace quebrar la física (y la temporalidad) griega-, no es ese Galileo, digo, el hermano de sangre de la oligarquía tecnocientífica?).

Pero, de todos modos, me parece que la gran pregunta es otra: ese nuevo tiempo, “nuestro tiempo”, el tiempo recobrado (después del tiempo alienado, alienado por parte del capitalismo asesino), ¿qué clase de tiempo es? ¿Cuál es esa nueva temporalidad? ¿Cómo no recaer en viejas temporalidades no desadas ni deseables…? Es un tópico, pero… pienso en Walter Benjamin y su comentario del “Angelus” de Klee. ¿Cuál ha de ser la temporalidad de la izquierda, sin recaer en la violenta temporalidad del progreso…? (A la izquierda le hacen falta grandes filósofos otra vez, por cierto; le hace falta filosofía).

Gracias por el artículo. Saludos.

Marco A. Hdez. Nieto

6 11 2012
Desiderata

Creo que es necesario darte las gracias por tu post. La reflexión y el análisis deben imponerse frente a los lugares comunes que nos aprisionan desde hace ya demasiado tiempo. Espero que muchas personas tengan ocasión de leerlo. En lo que a mi se refiere, me encargaré de que así sea.

Otra cosa: ¿qué piensas/pensáis sobre la admisión a trámite del recurso sobre la inconstitucionalidad de la reforma laboral justo en estas fechas?
¿No os suena a un intento de quitar fuerza a la huelga del 14N?
Saludos,
Desiderata

7 11 2012
Marco Antonio Hernández Nieto

Gracias; el mérito es del artículo y su autor, que ponen sobre la mesa un tema crucial y que la izquierda necesita pensar. ¿Por qué los políticos no leen? Tal vez en este interrogante mío haya cierta ingenuidad en el sentido de que bastaría “políticos-filósofos” (o políticos cultos) para que marcharan bien las cosas. Pero no me refiero a eso. Me refiero a pensar, al ejercicio de pensar. “Los políticos” nos incluye a todos. ¿Por qué nadie piensa? ¿Por qué nadie se toma el tiempo (subrayaría esa palabra) de pensar, apelándose muchas veces al “carpe diem”, al -curiosamente- “aprovecha tu tiempo” (y vuelvo a subrayar el sustantivo)? ¿Por qué todo va tan rápido, y TIENE QUE IR tan rápido, hasta el punto de que pensar equivalga a “perder el tiempo” (¡!), y que el pensamiento sea lo opuesto de la acción (¡!)?

“Nuestro tiempo”, bien, pero ¿qué tiempo? ¿Cómo “cocinarlo”?

Desiderata, seguramente tu sospecha no vaya desencaminada. Al fin y al cabo, las huelgas y manifestaciones están siempre rodeadas de motivos “sustraendos” que restan por aquí y por allá fuerza a la protesta, a la “multitud”, que es la verdadera y única fuerza política legítima (léase a B. Spinoza, y los excelentes comentarios que de Spinoza hace el Profesor Francisco José Martínez, de la UNED). A mí, personalmente, lo que más molesto me resulta en una protesta es que me cuenten. Se pasa de “contar con” a “contar”. Hemos olvidado qué es un número. Ética de mercaderes…

Muchos saludos. Y agradecido una vez más a Antonio Moreno por suscitar y detonar estas cuestiones…

Marco A. Hdez. Nieto

9 11 2012
Desiderata

Mi agradecimiento se dirigía al autor de La anomalía; desconozco el motivo pero al escribirlo no me pareció que el tuyo estuviera publicado. Ahora que he podido leerlo, también agradezco tus palabras. Y, quizá, la mejor forma de hacerlo sea contribuir a vuestras reflexiones sobre esa definición/gestión de nuestro tiempo, aprovechando el tiempo del café que ya no me tomo.

Para no asustar a nadie, podríamos utilizar las palabras de un pacífico socialdemócrata, Judt.

Al igual que tú, Marco, nos dice:
[…] “-renovar nuestra conversación pública- me parece la única forma realista de propiciar un cambio. No pensaremos de otra forma si no hablamos de otra forma.”

Pero, ¿cómo?

“La liberación es un acto de voluntad. No podemos reconstruir nuestra lamentable conversación pública –lo mismo que nuestras ruinosas infraestructuras físicas- si no estamos lo suficientemente indignados por nuestra condición presente.”

Por ese motivo, convendría no olvidar que el proceso de toma de conciencia siempre ha sido largo, duro y a veces penoso, pero es fundamental ponerlo/mantenerlo en marcha si queremos cambiar la percepción de lo que está ocurriendo y de este modo aprender a modificarlo.

Si me permites la disgresión, creo que nos sería muy útil para comenzar a operar este cambio la relectura, entre otros, de Antonio Gramsci. Apunto un par de cosas para el debate: El “intelectual orgánico” del que hablaba el filósofo y político italiano creo que, en cierta medida, y esta es una opinión personal, se ha instaurado sin querer en nosotros mismos, las gentes de izquierdas, y habría que luchar contra ello sin descanso. Al igual que ocurre con la llamada “lucha de clases”, que según la atinada reflexión del filósofo francés Barkat, “se ha trasladado al interior de cada trabajador”.

De nuevo viene en nuestra ayuda el amigo Gramsci: “Mi pragmatismo consiste en saber que si golpeas tu cabeza contra la pared, es tu cabeza la que se romperá y no la pared.”

Sin duda hay que expresar la queja y mostrar nuestro pesimismo y arrebato por la corta respuesta de quienes son/somos explotados más allá de lo tolerable (?), y este es un doloroso pero buen momento para ayudarnos a seguir reflexionando sobre lo están haciendo con nosotros, y lo que estimo más importante: reflexionar sobre cuál es el motivo último que esconde esta opresión, puede que entonces la calle comience a ser nuestra, de todos.

Saludos,
Desiderata

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