La resignación, el descaro y la desfachatez

26 03 2013

La rápida supresión de derechos sociales en sanidad, vivienda, educación, dependencia, etc. arrastra un rosario de situaciones difíciles que se viven desde la soledad, a veces incluso con pudor, tratando de ocultarlas por una falsa vergüenza, pero que podemos percibir fácilmente en cada rincón a poco que tengamos ojos para verlas. Y eso, a pesar de que resulta difícil distinguir a simple vista si alguien ha dejado ya de tener condición de asegurado o beneficiario, y ya no tiene derecho a atención sanitaria, porque ésta ha dejado de ser universal, aunque muchas personas no lleguen todavía a creérselo. Siguen siendo los mismos, pero ya no tienen los mismos derechos y tienen que iniciar un largo periplo para conseguir los recursos que le permitan ser de nuevo personas a los ojos de quienes se creen con capacidad de tales distingos, esos que tienen la “cara del que sabe” que decía Agustín García Calvo. Porque, incluso a sus ojos, todos nos hemos vuelto sospechosos y presuntos defraudadores, precaución que les obliga, en un escrupuloso ejercicio de ese tan alto deber al que han sido llamados, a recordarlo, por si acaso. Se ha tenido que prescindir de medicamentos necesarios, asumir los genéricos a pesar de que no “sientan tan bien”, porque para todo no alcanza; sustituir la ambulancia por un taxi o por el coche de un familiar para ir al hospital a recibir tratamiento, porque tampoco estamos para excesos; decidir entre seguir comiendo, que ya es un vicio muy arraigado, o pagar determinadas facturas, lo último siempre el alquiler o la hipoteca, que el techo es sagrado, y menudas se las gastan los bancos. Hemos “aceptado” recortes salariales, reajustes de horario y de plantillas, despidos por causas objetivas, que a todas luces eran improcedentes, y hemos “asumido” despidos improcedentes como quien hace un favor. Se ha prescindido del programa madrugadores, del comedor, de actividades extraescolares, de excursiones, material y apoyo escolar, porque hay otras prioridades. Y hemos tenido que afrontar un sinfín de otras decisiones, también difíciles, dolorosas con las que hemos ido asumiendo que, en la crisis, el estado nos volvía la espalda, nos dejaba en la estacada, teniendo que cargar solos y en privado, competencias que creíamos públicas y compartidas.

Muchos pensábamos que cada vuelta de tuerca hacía más inminente un estallido social, pero las protestas se iban agotando, sordas, con una resignación que ni Job hubiese aceptado. Pero si asistíamos a la resignación con sorpresa, más sorpresa nos provocaba todavía el descaro con el que algunos han desvalijado las entidades financieras, han engañado a sus clientes, han logrado plusvalías millonarias o se han desviado fondos de todos  para rescatarlos, y la desfachatez con que algunos gobernantes imponían esas medidas. No estoy hablando solo de Wert, porque es el único que todavía está convencido que recortar en educación es mejorar su calidad, porque lo suyo no se arregla ni con una adaptación curricular significativa. No.

El Ayuntamiento de Salamanca, por ejemplo, ha querido saldar la información exigible por un cambio en las líneas de bus urbano, editando una semana antes de su aplicación un folleto de 16 páginas, apenas legible, con la misma información que ya ofrecía en la web municipal. Una información tan intencionadamente poco explícita que ha cogido a los usuarios por sorpresa. Un procedimiento de modificación del recorrido, paradas y frecuencias de las líneas que ha excluido a los usuarios y afectados  de la capacidad de propuesta, para señalarlos como culpables del coste tan elevado del servicio y de aprovecharse de él con los impuestos de quienes no lo usan. Con estos principios, es muy difícil entender que se apuesta por el trasporte público. Por eso, el recorte de los recorridos vigentes es siempre tachado de “rodeo” y el alejamiento de las paradas de los usuarios como optimización del servicio. Ni se ha escuchado a los “usuarios”, ni se han contemplado medidas alternativas, ni los cambios se enmarcan dentro de un plan global de transporte urbano como clave de la movilidad sostenible. Se trata solo de recortar recorridos y ahorrar costes. Que sean los usuarios ahora los que tengan que dar los “rodeos” poco importa.

Cuentan que Alfonso Fernández Mañueco, actual alcalde de Salamanca, para explicar el obligatorio traslado de la sede de una asociación de vecinos a uno de los miembros ya jubilado, sacó su sencillo iPhone, activó el GPS para mostrarle el itinerario  al tiempo que explicaba que eran sólo 10 minutos de distancia, y remachando, por supuesto, que a su edad le convenía andar. Pues eso: Que al final los recortes contarán hasta con sello de la sociedad mundial de cardiología como biosaludables.

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