El fin del bipartidismo y la necesaria democratización de la política

27 05 2013

A medida que se afianza más la crisis financiero-económica, que las políticas de ajuste y austeridad, lejos de frenar o paliar, están reforzando, se va generalizando la inestabilidad a todo el resto de esferas sociales y especialmente a la política. El excelente artículo de Daniel Innerarity El gobierno de los otros reflexionaba sobre los problemas de soberanía democrática en sociedades globalizadas y en construcción como la Unión Europea, y recientemente también hemos asistido en España al debate del fin de bipartidismo que se consolidó desde la transición. Los sondeos electorales presentados en distintos medios coinciden anunciar el desgaste y el declive de los dos grandes partidos, que los situaría cerca de no superar entre los dos el 50% de los votos (28,6 y 25,1, respectivamente, según la encuesta de Metroscopia para El País) y el ascenso de otras dos fuerzas políticas (IU, con el 15,9% y UPyD, con el 10,7%). La proyección de los resultados quedaría como recoge el siguiente gráfico, también  de El País:

simulaElectoralComo siempre, tanto las encuestas como los propios resultados electorales, pueden ser interpretados de diferente manera. Frente a la preocupación de los dos grandes, me imagino que las buenas expectativas para quienes se sitúan como tercera y cuarta fuerzas políticas les habrán llenado de optimismo y energías para seguir en la brecha. Sin embargo, lo preocupante no es difícil panorama postelectoral, sino la consolidación de la abstención, con unos índices de participación que superan en poco al 50%, y el desapego a la política y a la democracia que reflejan.

Todo parece indicar, por circunscribir la crisis política a los resultados de las encuestas, que no es solo el bipartidismo lo que está en crisis, sino el modelo actual de partidos políticos. Y no se trata tanto de cómo sean o funcionen, sino también y especialmente de cómo son percibidos y valorados por los ciudadanos. La clase política es vista como uno de los problemas más importantes por los ciudadanos y los partidos políticos como camarillas cerradas, altamente invasivas y virulentas con las instituciones democráticas que van asaltando, conquistando y absorbiendo para consolidar su poder, ejercer un control partidista y, ya no sé si en el peor o mejor de los casos, para ir colocando a los distintos cargos del partido y sus allegados. En pocos momentos históricos se ha producido una armonía, tan perversa desde el punto de vista político y democrático, entre los intereses privados de quienes solo buscan enriquecerse o medrar y los intereses partidistas a-ideológicos de los dirigentes políticos de mantenerse en el poder. Muchos ciudadanos ya dan por descontado que solo van a “lo suyo”, los “sobresueldos” (en blanco, en negro o en colores) les parece una práctica habitual y asumida, y el sistema clientelar o las prácticas corruptas (“regalos”, amiguismos “del alma” o “devolución de favores”), la lubricación necesaria para que el “sistema funcione”. Y el problema es que el sistema ha funcionado y “funcionado bien”, mientras había reparto al por menor y para contentar de plusvalías, sobretasaciones y recalificaciones. Nadie cuestionaba la “ineficacia” de la administración, con sobrecostes en los servicios, informes y facturas, ni que la corrupción se fuese instalando, no como excepción, sino como norma en nuestras vidas, con el potencial de destrucción masiva que posee para la democracia. Así, hemos llegado a ver y padecer resignados que nuestros políticos no atendiesen preferentemente a nuestras demandas, garantizasen nuestros derechos ni protegieran nuestros intereses frente a las imposiciones de “los otros” de los que habla Innerarity: los mercados, la troika comunitaria o las grandes corporaciones empresariales o financieras. Es más, aprendimos la “complejidad” de eso que se llama “puerta giratoria” y que, por tanto, no debe escandalizarnos que, tras su paso por “esta” política, “nuestros políticos” ocupen después importantes cargos como consejeros de grandes empresas. Así estamos. ¡Qué lejos de la alabanza de la democracia como ideal moral del discurso fúnebre de Pericles!

El problema es alarmante y no se presta fácilmente a apaños de esa “excelencia retórica” que se ha instalado en nuestra vida política del “y tú más”: Hacen falta cambios importantes en el funcionamiento de los partidos políticos, hacerlos más permeables a los problemas y a las reivindicaciones sociales (no se trata solo de proyectos, líderes o estrategias electorales), también hace falta que los ciudadanos se comprometan y participen (lo decía el otro día Baltasar Garzón en una entrevista: “es el momento de participar en la política porque estamos asistiendo a un panorama bochornoso”), pero, sobre todo, es imprescindible la movilización social continuada que exija una transformación en las formas de hacer política (en esto el 15M ha sido pionero), porque los partidos políticos por sí solos son insuficientes para garantizar el ejercicio de la soberanía ante las presiones económicas de los mercados (lo hemos visto en Islandia).

Pero viendo el otro día cómo la interparlamentaria del PP se atrincheraba en el Parador Nacional de Salamanca y aprovechaba para reforzar “su cohesión interna”, me temo que algunos partidos no quieran hacer frente a esta realidad. Y éste sí es un verdadero peligro.

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