La máquina perfecta

16 07 2013

“El riesgo de dejar pudrir los problemas es que la pestilencia termine invadiéndolo todo.” Joaquín Prieto, “Jugar con los fueros”, El País.

Hay un cuento de Borges recogido en El Aleph titulado “El Zahir” que siempre me generado inquietud. Como el propio Borges atestigua en ese relato, la creencia en el Zahir es de origen musulmana y representa un objeto o una imagen de la que no puedes desprenderte, que no puedes olvidar y que, en la mayoría de los casos, termina por enloquecer a quienes lo poseen. Puede ser cualquier objeto o persona, desde lo más insignificante o lo más valioso, hasta lo más temido o apreciado. Cualquier cosa en cualquier momento puede transformarse y adquirir las propiedades de un Zahir. Pero Borges cuenta la historia de un infeliz que, tratando de huir de un tigre que le perseguía y lo atormentaba, terminó buscando refugio en la celda de una prisión donde encontró la muerte. En su locura, fue pintando durante años un mapamundi completo que contenía todo lo que había visto y soñado y, desde cerca, incluía mares, valles y cordilleras, ciudades y ríos, pero, visto en su conjunto, aquel amasijo de pequeñas figuras insignificantes y tranquilizadoras componían la imagen de un enorme tigre, que al final acabó devorándolo.

Así, si nos dedicamos a observar aisladamente la actualidad política española, punto por punto, nos genera una sensación de cansancio y hastío, por lo repetitiva y mostrenca, que no llegamos a comprender. No es solo el caso de Bárcenas, con sus millones, sobresueldos y chantajes, la Gürtel y sus amiguitos del alma, los trajes, los bolsos, los Jaguar que eclosionan en los garajes, los viajes y fiestas en los que fluyen los confetis como maná en el desierto, Urdangarin, la casa real y las fincas que se venden y que no se vendieron, los ERE de Andalucía, Fabra y Baltar, Núñez Feijo “trasmitiendo honradez” junto a Marial Dorado y tantos otros. Parece imposible que hayamos llegado a esto: ¿cómo es posible que el sistema soporte tantos fallos, tantas irregularidades, delitos y abusos?  Uno a uno, separados y sin relación, son eso, fallos, grandes o pequeños, pero fallos al fin y al cabo. Pero, si tomamos un poco de distancia, si acertamos a ver sus conexiones directas y colaterales, la imagen que trazan en su conjunto, como en el caso del Zahir o como en esas imágenes prodigiosas del ojo mágico, todo cobra otro sentido, dejan de ser fallos aislados para convertirse en una máquina perfecta de corrupción.

La corrupción se presenta cada vez más claramente como el meollo del sistema. No está en la periferia como algo aislado y excepcional, no. Todo el sistema se ha construido para arroparla, darle un envoltorio y hacerla pasar desapercibida. Si no, no se explica que los partidos se dediquen a negarla, a volverla contra los jueces, a hacerse las víctimas de una “causa general” y, lo que es más grave y difícil de negar, a obstaculizar los procesos judiciales, a negarles recursos a los jueces, a dilatarlos con mil triquiñuelas. De verdad, no es posible creer que Bárcenas fuese tesorero del PP durante más de 20 años y lograse acumular una fortuna y que todo fuese una maniobra exclusiva suya. Porque no se entiende que le estuviesen pagando abogados y salario hasta enero, porque fuesen unos cándidos. Y no es posible que Bárcenas tenga en jaque al PP y a su presidente y estos no decidan otra cosa que dejarlo apartado hasta septiembre y que esa les parezca la mejor opción.

Pero esto no es un asunto solo de financiación ilegal de partidos. Esta es la parte visible y los partidos y los Bárcenas quienes se llevaron apenas las migajas del pastel. ¡Y menudas migajas! La propia financiación del estado recaía en un sistema especulativo corruptor y corrupto. Sin los proyectos megalómanos de construcción o inversión pública, las propias administraciones se habrían quedado sin ingresos (y eso no lo admitirían los electores engañados en las tómbolas electorales), porque todo el sistema fiscal solo era autosuficiente sobre ese modelo de crecimiento. Nadie podría negarse porque todos obtenían ventajas, legales o ilegales. Así que todo funcionaba.

El propio bipartidismo en el que degeneró la democracia española (¿o era en verdad solo eso?) funcionó como una gran alfombra bajo la que ocultar (hoy por ti, mañana por mí) los cadáveres, para recolocar glorias o pasar ventajosamente a la empresa privada.

Hasta que la avaricia (así de claro, porque es solo la avaricia) rompió el saco. Y la “política de austeridad” se impuso, no para corregir sus errores, sino para socializar las perdidas y las culpas. Nada de refundar el capitalismo, ni de apuntalarlo siquiera. Se trata de reducir derechos, desmontar los sistemas de protección social, recortar en servicios básicos como salud, educación o exclusión que constituían los pilares del estado de bienestar, no para hacerlo sostenible, sino para seguir forrándose. ¿Nadie más ve el tigre?

Como siento un firme rechazo moral por cualquier tipo de certeza, y más cuánto más inquebrantable o absoluta se presente, tengo que ejercer un esfuerzo continuado para no dejarme vencer por las evidencias. Pero me está resultando agotador.

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