Aristóteles para todos I

15 10 2013

Consumada la aprobación de la LOMCE en el Congreso con el único respaldo del partido en el gobierno, ya solo queda el trámite de su paso por el Senado, para que sea aprobada definitivamente. La sensación de impotencia de la oposición para negociar e introducir enmiendas ante un ministerio tan ideologizado como el de educación (no conviene caer en la trampa y dar a Wert más protagonismo que al partido), se ha traducido en un acuerdo para su derogación inmediata en cuanto el PP pierda la mayoría absoluta. Pero este acuerdo ha conseguido entre la población un efecto indeseado, que es desactivar el rechazo a la ley. La sufrida comunidad educativa ha asumido ya la implantación de esta ley y está dispuesta a soportarla en el mejor de los casos durante un año, sabiéndola ya caduca. Pero esta sensación es falsa, lo fía todo a un vuelco electoral, vuelve a situar la educación en primera línea de la confrontación política y el horizonte de otra nueva ley educativa volverá a generar inseguridad e incertidumbre en todos los sectores, en los que los más perjudicados serán siempre los menos culpables.

Es curioso que se vuelva a referir a los “malos” resultados educativos españoles, tanto del informe PISA como de la OCDE (eso sí, cocinados convenientemente) para argumentar la necesidad de la reforma. Pero la presente reforma educativa no dice cómo va a hacer frente a los problemas que el sistema educativo español presenta. Ni siquiera a ese “bajo nivel educativo” español que se utiliza como excusa.

Creer que solo los cambios legales bastan para producir cambios en un sistema con tantas inercias y resistencias como el educativo es sencillamente de un idealismo ingenuo. Cualquier cambio tiene que llevar aparejado una memoria económica (que aquí solo se limita a cubrir el coste de las reválidas y las nuevas titulaciones), pero no ciertamente con un anunciado desafiante y mal argumentada reducción progresiva de gasto hasta situarlo por debajo del 4% del PIB.

Pero, además, el informe PISA, que es un informe sobre conocimientos y capacidades, no constituye una evaluación adecuada y completa de un sistema educativo. Solo evalúa resultados, no condiciones. Los buenos resultados de Finlandia son coherentes con el alto nivel lector y cultural país. Sin duda, incomparables con los españoles. Y es que los conocimientos y las capacidades no solo son resultado de la educación reglada (el sistema educativo), sino también de la educación informal, de las infraestructuras culturales, etc. Y, ciertamente, en esto, nuestra distancia con Finlandia es aún mayor. Pero, sobre todo, el informe PISA no destaca el esfuerzo del sistema educativo español ha realizado todos estos años por ampliar la escolarización hasta los 16 años, la inclusión de una creciente población inmigrante (que llegó en 2010 a ser más del 12% de la población) y de los alumnos con necesidades educativas especiales, ni tampoco los esfuerzos por mejorar la escolarización temprana (que todavía no se han traducido en resultados). Todo esto ha absorbido buena parte del presupuesto educativo español y lo ha convertido en uno de los más inclusivos y cohesionados. Pero estas potencialidades no puntúan en PISA.

Sin embargo, lo que no obedece a ninguna lógica pedagógica es creer que el nivel educativo se resuelve a golpe de boletín, señalando más contenidos en las materias y fijando evaluaciones externas.  No hay duda de que sin evaluación no hay aprendizaje, pero esto no quiere decir que el aprendizaje mejore cuando solo se aprende para superar un examen. Esto lo sabe cualquiera. Pues esa es una de las “novedades envenenadas” de la LOMCE. La otra es reducir (si no acabar) con la comprensividad, es decir, con retrasar la edad en la que se tomen decisiones educativas y aumentar las enseñanzas comunes. Ahora se adelantará un año. Con esto se pretende acabar con el fracaso y el abandono temprano, pero no con el refuerzo y apoyo para que todos alcancen las capacidades básicas (lo que siempre requiere más inversión, ya sea con la LOGSE, la LOE o la que sea, como ocurre en Finlandia), sino a base de proporcionar una salida temprana del sistema a quienes no lo alcancen. Como en La decisión de Sophie, se trata de apostar por quienes tienen más posibilidades y condenar a quienes no las tengan. Se trata de asegurar que los “buenos” alumnos puedan librarse de las “remoras” que suponen los alumnos “disruptores”. La “promoción” de todos se declara imposible y se apuesta por la “selección” de los mejores. Eso se llama ahora apostar por la “excelencia y la calidad”. Se olvida que la “calidad” del sistema se mide por el número de alumnos que salen del pozo (o la caverna de la que hablaba Platón), no por los consiguen librarse y desentenderse de los demás.

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