Las responsabilidades políticas

12 11 2013

A estas alturas, el “realista” Aristóteles sería tachado de “idealista” e incluso de “iluso” por mantener como única justificación ética para la dedicación a la vida política activa la aspiración al honor, una rara virtud, que aúna la grandeza y rectitud moral con el difícil reconocimiento público. Sin duda, eran otros tiempos.

Algo que también venía exigido por el dicho popular que a la mujer del César no le bastaba con ser honesta, sino que tenía demás que parecerlo (aunque aquí, la honestidad sea entendida comúnmente recubierta de elementos cristianos, que la  habrían reducido a una virtud “puramente femenina”, limitada prácticamente  a la pureza, fidelidad al marido y recato).

Muy lejos también estamos de la exigencia política de “ejemplaridad” pública que el rey exigía a los componentes de la casa real. Especialmente, con las últimas noticias sobre la infanta Elena y el uso privado que le habría dado a unos ingresos de difícil justificación que dijo no conocer siquiera. Todo muy poco ejemplar. Pero, claro, con el modelo que ha sido el padre, no deberíamos extrañarnos.

Pero, franqueadas ya las líneas rojas del honor, la honestidad y la ejemplaridad, aquí no queda tampoco eso que se llama “responsabilidades políticas”. Nadie ha sido responsable en todos estos años de nada, nadie ha dimitido por nada y “santa Lucía nos conserve la vista” si llegamos a ver a algún condenado. Sin remontarnos al pasado y quedarnos solo en esta semana, destacan dos ejemplos.

Porque ni el honor ni la honestidad expresa ni la ejemplaridad pública ni, por supuesto, la responsabilidad pueden explicar la permanencia en el cargo del ministro Wert, tras la rectificación obligada sobre el recorte retroactivo de la parte estatal de las becas Erasmus. Y mucho menos de su segunda, la secretaria de estado de educación, la señora Gomendio que, en su defensa a ultranza de la medida, llegó a decir que no iba a significar ningún problema a las familias ni reducción del número de becarios, porque no era más que un recorte de poco más de 100 euros, que 100 euros no permiten costear la estancia en el extranjero, porque “100 euros no dan para nada”.

Sin duda, esta señora no tiene ni idea de la cantidad de cosas que se pueden comprar con 100 euros, de las vidas que dependen de tenerlos o no, porque si no, no se entiende esa falta de sensibilidad social y esa falta total de empatía (cuando no, ofensa) con los millones de ciudadanos que están viviendo situaciones tan difíciles. En cualquier otro país, sin que llegase a lo soñado por Aristóteles, estas palabras  bastarían para dejar por propia iniciativa el cargo. Y mucho me temo que esas palabras no fuesen una ocurrencia personal de la secretaria de estado, sobre todo, teniendo en cuenta que esta señora no se ha salido hasta ahora ni una coma de los argumentarios del partido y de su ministerio.

Pero la reacción del presidente de la Generalitat Valenciana de cerrar Canal 9, cuando el ERE propuesto para la empresa ha sido reconocido judicialmente como nulo, sin que lleve aparejada su dimisión y disolución inmediata del gobierno, todavía sigo sin entenderla. Un poder del estado, como es el poder  judicial, en sentencia firme, prohíbe realizar un ERE en una empresa pública que depende de un gobierno autonómico, y este mismo gobierno autonómico, lejos acatar la sentencia, de reconocer el error en el planteamiento del ERE y de la gestión llevada a cabo en la empresa, se salta a la torera la sentencia y no solo despide a los que el juez ha reconocido que no puede despedir, sino que despide a todos y cierra. Si esto ya no sorprende a nadie, es que hace tiempo que hemos olvidado que vivíamos en democracia.

Por eso, ahora que he dejado las responsabilidades políticas orgánicas en Izquierda Unida de Salamanca, además de agradecer la confianza y el apoyo recibido, quiero recordar un hecho: Recuerdo que acudí a urgencias con mi hija poco después de las elecciones municipales. Tras ser atendidos, di cortésmente las gracias al médico, que me respondió “No, gracias a ti”. Lo que, ante mi cara de sorpresa me explicó diciendo “¿No eras tú el candidato de IU a la alcaldía? Pues, por eso”. Un agradecimiento que entendí, más allá de mi vanidad, que era extensible a IU, simplemente por “estar ahí”, por su compromiso político con los olvidados, por su lucha por las libertades y los derechos, contra tantos obstáculos y tantos sinsabores. Entendí, entonces, la enorme responsabilidad política que impone estar a la altura de esa exigencia, pero también el enorme orgullo. Gracias por eso siempre a Izquierda Unida.

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18 11 2013
maria

Cien euros desde luego que es mucho pero claro todo depende de los ingresos que se tengan cada mes.
Aquí los que ocupan cargos públicos, hagan lo qué hagan o sean eficientes o no, nunca dimiten ni los obligan a hacerlo. Y había que empezar ya por la familia real.
Por mí, qué se larguen ya!
Saludos.

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