La insoportable mendacidad cotidiana

15 07 2014

En eso que se ha venido llamando la “filosofía de la sospecha” debemos a Nietzsche su insistencia en sustituir la preferencia griega y occidental de la vista por el olfato: la vista nos proporciona la constatación de la presencia objetiva e “incuestionable” de “la” realidad ante los ojos; el olfato, en cambio, nos exige, más allá de la saturación aturdidora de los ambientadores y de los olores “embriagadores”, el rastreo de los aromas ocultos, el cuestionamiento de lo presente, que ya no será sin más constatación inapelable de la verdad, sino enmascaramiento interesado.

Ese tufillo de mentira alcanzaba cotas insoportables en la reciente inauguración de la Base Logística española del Programa Mundial de Alimentos en Canarias. El ministro de Exteriores, la de Fomento y el de Industria, el secretario de Cooperación, el Presidente del Cabildo y la Directora Ejecutiva del PMA participaron en este acto de cartón piedra en la que todo lo que se veía y decía era lo que se tenía que ver y decir, sin que hubiese la más mínima gota de verdad en todo ello. Anoten, si no, las palabras del García-Magallo: “Hoy es un día grande para la ONU, África, España y Las Palmas” y el gobierno de Mariano Rajoy “hará el máximo esfuerzo posible para dedicar más recursos a la ayuda humanitaria, a la lucha contra la pobreza”; a lo que Ertharin Cousin respondió: “Con el depósito de Las Palmas, España una vez más demuestra que es líder a nivel mundial” en el compromiso en la lucha contra el hambre. Y no son palabras sacadas de contexto. Lo digo porque es fácil contrastar estas palabras “tan sinceras” con la reducción del 65,4% de ayuda al desarrollo del gobierno español para este año.

Siempre me impresionó el alegato del patriarca familiar en La gata sobre el tejado de zing contra la “mendacidad”, por lo que constituye de pretensión de desprenderse de todas esas verdades esperables, consoladoras y políticamente correctas. Y siempre he esperado, inútilmente hasta ahora, que la Sra. Cousin, por ejemplo, uniese a su agradecimiento, una crítica sincera a la escasa preocupación por la cooperación que sin duda expresa la drástica reducción presupuestaria. Pero, nada. Permanentemente, seguimos en ese derroche de gestos y palabras que no se salen nunca del guion esperable de “lo aceptado por todos como verdadero”, de ese hábito de mentir hasta olvidar que se está mintiendo, de decir sin que lo dicho no resulte un “blablablá” esperable y previsible.

Juan José Millás reflexionaba en su artículo “Un robo” sobre ese lenguaje de generalidades y consignas en que se ha convertido el lenguaje político y del que son prisioneros todos los políticos que pretendan llegar a algo. Parecería que la mercadotecnia en que se ha convertido la política (y de la que las elecciones a Secretario General del PSOE son un buen ejemplo) se reducen simplemente a saber hilvanar generalidades y consignas con gancho que “conecten con la gente” cuyo único significado y éxito sea la reproducción viral en las redes sociales.

Estamos encerrados en las palabras, y el lenguaje, el logos, la razón, ya no es tanto la capacidad de reflexionar y de remontarnos sobre nosotros mismos, sino una sucesión de monólogos tipo club de la comedia más o menos ocurrentes o que enganchen.

Otro ejemplo local puede avalar el despropósito al que hemos llegado. El Alcalde de Salamanca anuncia la “congelación” de las ordenanzas fiscales, que el PSOE denuncia como “manipulación” porque los precios se ajustan al IPC de Junio (que ha sido 0,0%), y el grupo de gobierno insiste en que han tomado en consideración el de mayo, pero, según el INE la variación entre el IPC de un mes y el del otro es de una décima. Los datos no cuentan, lo único que cuenta es hacer valer tu consigna: “congelación” o “manipulación”. Lo que signifiquen de las palabras, la reflexión que permitan han sido extirpadas cuidadosamente.

Algo parecido comentaba Fernando Vallespín en “Parole, parole, parole” donde terminaba citando a Hobbes, que comparaba el lenguaje a una tela de araña: “Los ingenios blandos y fastidiosos se pegan y quedan atrapados en las palabras, pero los fuertes la rompen”.

Es cierto que no nos debemos dejar engañar. Y es posible que el deseo de vencer la mendacidad no sea más que otro engaño, semejante al de quienes pretenden asentarla. Como también hay consignas que te enredan más y otras que rompen la malla. Por eso, hay que tener cuidado con las palabras y con las preguntas, especialmente, aquellas que los poderosos siempre han considerado inoportunas, impertinentes o populistas.

Volved a leer otra vez el artículo de Millás. ¿Notáis alguna diferencia?

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