Eppur si muove

29 07 2014

Hace algunos años oía contar frecuentemente a un amigo que el mejor regalo que le había hecho su padre había sido subirlo en cada de uno de sus cumpleaños a una mesa camilla para animarlo a que se tirase en la confianza de que lo recogería. Tras el tortazo, la dolorosa enseñanza era reforzada con la sentencia “para que no te fíes ni de tu padre”. Desconozco la veracidad de la anécdota y los años que mi amigo, siempre confiado, tardó en aprenderla. Porque toda ella resulta inverosímil e imposible: ¿cómo va a ser posible que tu propio padre, que solo quiere tu propio bien, te deje caer? Ciertamente, la simple posibilidad de que algo así haya ocurrido repugna a los principios más elementales de la racionalidad moral, por lo que no resulta admisible como verdadero.

Hace menos, otra amiga en proceso de divorciarse, contaba esperanzada cómo, tras la primera reacción, su ex la llamaba ahora constantemente para trasmitirle el dolor que le producía esa decisión y lo mucho que la quería a ella y a sus hijos. No pude por menos que decirle que era una reacción de libro, que con ello su ex no pretendía mostrarle lo mal que lo estaba pasando, sino hacerle chantaje para que cambiase de opinión. Pero enseguida entendí que era vano mi propósito, porque prefería creer lo contrario.

Galileo se vio también obligado a rectificar ante el Santo Oficio su teoría heliocéntrica y aceptar que, conforme a lo que vemos palmariamente, la Tierra no se movía y era el sol quien giraba en torno a ella. La leyenda cuenta que, después de haberse visto obligado a negar que la Tierra girase en torno al sol, Galileo terminó su rectificación diciendo por lo bajo “eppur si muove”, y “sin embargo, se mueve”, negando así que aceptase lo que le obligaban a mantener.

No aceptar como verdadero lo que todos aceptan y lo que vemos inequívocamente que ocurre (como el movimiento del sol), dudar que lo que preferimos creer sea lo verdadero y, sobre todo, no aceptar sin más que no pueda ser verdad lo que nos repugna pensar, sea quizás uno de los pocos valores de la filosofía. Resulta imposible desmontar las convicciones firmemente asentadas y repetidas hasta la saciedad de una sola vez. La filosofía, decía Nietzsche, es labor de rumiantes: el surgimiento de una pequeña duda que va horadando lentamente los cimientos de las seguridades más inamovibles, hasta que se cae en la cuenta, se sale de la minoría de edad, que decía Kant, y se deja de creer lo que todos defienden, sin llegar a creer que sea verdad lo contrario.

Hasta ahora parte del debate ideológico entre derecha e izquierda se había centrado en el papel del estado: la socialdemocracia pretendía defender el estado del bienestar dotando al estado de estructuras políticas y funciones económicas suficientes para mantener los servicios públicos; los neoliberales, reducir las estructuras del estado a un “estado mínimo” que permitiese a la iniciativa privada proporcionar los bienes y servicios. Y todo esto en el contexto de una economía globalizada y, como en el caso europeo, con estructuras supranacionales cada vez más fuertes que cuestionan seriamente los márgenes de maniobra de los estados nacionales: Los mercados y la troica comunitaria, suele decirse, son quienes verdaderamente imponen la política económica en los estados miembros y no solo a los rescatados.

En esta pugna ideológica de más estado o menos estado y el cuestionamiento del poder real de los estados para decidir de forma efectiva la política económica, se ha perdido de vista el decisivo papel que los estados nacionales han tenido para la imposición del modelo neoliberal. Sin la intervención de los estados, especialmente cuando el poder ha estado en manos de a quienes les repugna de boquilla el intervencionismo, y el gobierno de Rajoy es un buen ejemplo, la imposición de las políticas neoliberales hubiese sido imposible. No es que el estado no pueda nada contra los mercados, es que el estado está de parte de los mercados y les ha allanado el terreno legal e ideológicamente para lograr sus objetivos. Si Marx pensó la dictadura del proletariado como la utilización del estado para liquidar las resistencias de las clases dominantes como paso previo para llegar al paraíso comunista, estamos asistiendo hoy a una efectiva “dictadura del capital” que está liquidando todas las resistencias sociales para llevarnos al paraíso capitalista.

Ya sé que no queremos creerlo y que resulta casi repugnante pensarlo, pero los datos de la EPA de la pasada semana expresan claramente las potencialidades de la reforma laboral del PP para liquidar el marco legal del trabajo con derechos para sustituirlo por trabajos más flexibles (es decir, sin derechos), precarios, temporales y parciales como único horizonte posible y deseado. La nacionalización y posterior adjudicación de Catalunya Caixa al BBVA ha permitido desposeer a los ciudadanos de cerca de 12000 millones de euros para regalárselos a la gran Banca. Pero, la verdad es que es imposible pensar que el estado sea un instrumento del capital, así que, no puede ser verdad. ¿O sí?

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29 07 2014
Manuel Mariñas

¡¡¡EPPUR SI MUOVE¡¡¡

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