La necesidad de la disidencia para la democracia

23 09 2014

Leí esta semana en un medio local de Salamanca, en una morcilla de opinión que suele incrustar en artículos de información, la valoración despectiva que le merecía la contestación a la construcción de un aparcamiento subterráneo en el Parque Infantil de Garrido. Toda la oposición al proyecto quedaba reducida y manipulada de forma simplista a un “No sé, pero me opongo”.
Aunque pueda resultar más que discutible calificar como medio de comunicación a este periódico, cuya sola existencia se justifica exclusivamente en la defensa de los intereses económicos de sus propietarios, es decir, del conglomerado político-empresarial que dirige el Ayuntamiento de Salamanca, el desprecio que expresa hacia cualquier forma de disidencia con los proyectos del actual equipo de gobierno lo convierten no solo en altavoz político-gubernamental, sino en agente decidido de la represión y el control ideológico. Ya no es solo que no tengan cabida en sus páginas las posiciones discrepantes (en esta lógica perversa para un medio de comunicación, pero que hemos terminado aceptando como normal, de que “no van a ellos quienes den difusión a quienes están en contra de sus intereses”) y, ya sabemos que, en las democracias mediáticas actuales, lo que no aparece en los medios no existe; sino que arrojan al espacio ideológico de lo inconsistente toda discrepancia. Desconozco si estas prácticas son fijaciones de comportamientos aprendidos del régimen totalitario nacional-católico del que provienen y en quien se complacen. A mí, solo me corresponde la denuncia de estas prácticas y la defensa de la disidencia, más que del seguidismo sumiso, para el correcto funcionamiento de la democracia.
“Es mentira que no tenga enemigos. Es mentira que no tengan razón”, cantaba Sabina, en una forma certera de expresar la tolerancia y la parte de verdad que hay que reconocer a quienes no piensan como tú. En nada de esto, que se sitúa en el meollo de la democracia, es decir, los valores a los que se pretendía sensibilizar desde la Educación para la Ciudadanía, hoy cesante, se han educado estos “periodistas locales”. Es más, se muestran especialmente refractarios a ellos.
Pero, sobre todo, me parece especialmente preocupante en quienes ejercen el poder prefieran siempre rodearse de incondicionales y aduladores y despreciar a quienes disienten, o, como en el caso que nos ocupa, encargarles su liquidación ideológica a los “medios de comunicación” amigos. Porque la articulación de la disidencia, de la insumisión y la construcción de un posición alternativa contraria y enfrentada requiere siempre un plus de coraje intelectual y de valor moral, frente a la aceptación, la obediencia y el acatamiento incondicional. Siglos de evolución y de control social de la disidencia han terminado por generar poblaciones con “moral de rebaño”, que diría Nietzsche, dóciles y sumisas. Incluso en este género tan nuestro que es la picaresca, la socialización final del “héroe” pasa por aceptar las servidumbres que exigen el éxito social que expresa “rodearse siempre de buenas compañías”.
Quizás quien primero reflexionara sobre esto fuese Etienne de la Boëtie en su Discurso de la servidumbre voluntaria o el Contra Uno. Quizás, también, este artículo no busque otra finalidad que animar a su lectura. Este humanista francés, al que conocemos por su amistad con Montaigne, de quien siempre digo que es uno de mis filósofos de cabecera, se plantea justamente eso. ¿Por qué aceptamos someternos al poder de uno? ¿Por qué renunciamos tan fácilmente a nuestra libertad? La sola insolencia de la pregunta, la convierte ya en peligrosa. Porque, en su respuesta, no hace recaer la responsabilidad principal en el soberano, sino en la falta de coraje de quienes se pliegan cómodamente a obedecer. Por eso, la fortuna hizo que esta obrita fuese breviario de protestantes y hugonotes frente a los católicos en esa sangría que fueron las Guerras de Religión francesas del siglo XVI. Pero, sobre todo, también quiera destacar el coraje de Montaigne al publicar este panfleto tan contrario a sus intereses, siendo católico hasta la médula, lo que no puede significar en él más que con dudas y personalmente, y, sobre todo, manteniendo posturas tan conservadoras en lo político.
De forma que, como conclusión a todo este rodeo tan del gusto de Montaigne, tendríamos que defender justamente lo contrario de lo que mantiene la línea editorial de esta “prensa canalla”, es decir, exigir que se paralice la obra, que ya se inició sin permisos, y reconocer la necesidad de escuchar las razones bien fundadas de quienes se oponen al aparcamiento subterráneo, ante cuyo proyecto me imagino a los políticos locales en actitud semejante a lo que eran objeto de comentario de Millás; y repudiar a una prensa que, lejos de asumir la responsabilidad de ser el “cuarto poder” de la democracia, va incondicionalmente de la mano de los poderosos para repetirnos invariablemente ante cualquier proyecto municipal “No sé, pero lo apoyo”. Y esto es justo lo que no necesitamos en democracia.

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