¿La bolsa o la vida?

17 02 2015

Decía recientemente Carlos Lesmes, presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, que la ley de enjuiciamiento criminal y el código penal españoles están más pensados para el robagallinas que para los grandes defraudadores. Al margen de las posibles interpretaciones, no cabe duda de que quien sostiene esto constituye una voz autorizada en la materia. Ese sesgo de clase tan evidente que presenta la legislación española, porque, al ofrecer no solo un tratamiento diferenciado para los delitos, sino especialmente a la extracción social de los posibles delincuentes que puedan cometerlos (pues resultará tan difícil encontrar a integrantes de clases acomodadas robando gallinas como a miembros de clase baja siendo defraudadores) no carece de “justificación racional” ni, por supuesto, de defensores razonables. Lo mismo ocurre con la tipificación de penas para aquellos delitos que ponen en peligro la vida (como el robo con violencia o el atraco a mano armada) que los que no la ponen (desfalco, fraude fiscal, financiación ilegal o uso indebido de tarjetas black, aunque no llegue a entender cuál podría ser el uso adecuado de semejante invento). Parece justo, entendemos casi todos, que se valore y proteja más el derecho a la vida que el la propiedad.

Claro que la vida digna e, incluso si me apuran, la propia vida está tan ligada a la propiedad, o a un mínimo de recursos materiales, que cuando alguien te priva de ellos, aunque sea sin violencia, no solo te priva de la propiedad que te corresponde, sino de tu propia vida. Así parece evidente hasta el escándalo en todos los casos de ejecución hipotecaria que se han saldado con desahucios sin que se aplicase la dación en pago. Pero también en asuntos como la financiación irregular de partidos como Unión Democrática de Cataluña, condenada ya firmemente en el caso Pallerols, que probó que se desvió el 10% de 9 millones de euros procedentes de la UE para cursos de formación de parados a las arcas del partido. ¡No me puedo ni imaginar la cantidad de problemas que habrían podido resolver con esos 900.000 euros las familias y trabajadores en paro a quienes iban destinados! A muchos, y resultará difícil ponerles nombre, les agravó tanto su situación que terminaron por arruinar definitivamente su vida, si no a perderla. Poco importa ya que devuelvan el dinero o no. El daño está hecho de forma irreparable. Y lo más curioso es que el máximo responsable de este estropicio vital y no solo de recursos siguiese encabezando durante mucho tiempo la lista de políticos mejor valorados, aunque su único mérito reconocido y evidente fuese combinar escrupulosamente el color de las gafas con el de la corbata.

Este eterno problema de la propiedad y la vida se ventila hoy también en Europa. Y se está jugando especialmente fuerte en estos días en Grecia. Los defensores de la propiedad no dudan en exigir el pago íntegro de la deuda como una condición innegociable. Los defensores de la dignidad y de la vida se atreven mínimamente a plantear algo tan cristiano como que la ley está hecha para los hombres y no los hombres para la ley, y que, por tanto, la vida de los ciudadanos griegos vale más que los intereses de los grandes prestatarios.

Sé que algunos tipificarán este análisis como simplista, pero terminarán reconociendo conmigo que, en el fondo, son estos dos valores los que compiten: La bolsa o la vida. Se puede simplificar para entender o ayudar a entender mejor las cosas, pero no se puede engañar y confundir. Porque, a este paso, terminaremos creyendo que los bancos son ONGs. Fíjense si no, en las declaraciones de Rajoy estimando la solidaridad española con Grecia en 26 mil millones de euros que les hemos prestado. Ahora resulta que prestar dinero es ejercer solidaridad y que los más solidarios del mundo son los banqueros. ¿Nos hemos vuelto locos ya?, que diría Bart Simpson.

Son los bancos quienes han prestado muy por encima de sus recursos, no los griegos quienes han vivido por encima de sus posibilidades (que, por cierto, viendo las condiciones de vida en las que sobreviven a duras penas muchos griegos, deben ser las posibilidades reales de vida con las que debían haberse conformado, según los defensores de esa infamia). Los bancos sabían el riesgo que corrían, porque esa es la esencia de su negocio, y no la codicia, que fue lo que los cegó. No pueden pretender ahora, tras haber socializado sus pérdidas, responsabilizar a otros de sus desmanes.

Pero cuentan con poderosos aliados o capataces que ocupan los principales cargos. Así, mantenía Juncker que “no iba a cambiar todo en Europa por un resultado electoral”. Volved a leerlo, porque es escalofriante. Si entendemos bien las cosas, la propiedad no sólo está amenazando la vida en Europa, está cuestionando la existencia misma de la democracia y de la libertad. ¿La bolsa o la vida?, pregona el delincuente. ¿De qué lado están ustedes?

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El poder de la gente

20 05 2014

Vivimos esta campaña europea palpándonos la ropa, frotándonos los ojos una y otra vez y preguntándonos incrédulos si de verdad estamos de elecciones. No se trata sin más de constatar la alta abstención prevista (dato que muchos quisieran que fuera más una invitación que una predicción), ni de conformarnos con el diseño impuesto por los dos grandes partidos de un campaña de “baja intensidad”, se trata sin más de constatar hacia dónde hemos enfocado los intereses informativos (fútbol aparte) en esta primera semana de campaña: El “desliz” de Felipe González sugiriendo un gobierno de unidad del que ya hemos hablado, el asesinato de Isabel Carrasco y la polémica sobre el uso de las redes sociales que ha generado, pero, sobre todo, que “el” debate los “candidatos” (como si solo hubiese dos) se lo “comiese” informativamente un comentario machista e imperdonable de Cañete.

A los ciudadanos se nos “expulsa” de esta campaña constantemente. Donde existen “paneles informativos”, los mismos desde las primeras elecciones democráticas, se “mantienen” en un estado tan lamentable que pueden convertirse en símbolos involuntarios de la decadencia de la democracia, pero es peor donde no los hay, porque los emplazamientos disponibles para la “propaganda electoral” parecen trasladados allí donde nadie querría anunciarse. Sobre la “información electoral” y las encuestas de intención de voto mejor no hablar, pero conviene guardarla cuidadosamente porque seguramente serán estudiadas en el futuro como modelo de “manipulación” informativa: los tiempos se fijan no por el interés sino por los resultados como si fuesen espacios gratuitos, El País, por ejemplo, ha “decidido” unir en un solo espacio la información electoral de IU y de UPyD, como si fuesen lo mismo y la “cocina” en la presentación de los datos de las encuestas es digna de la “altura gastronómica del país”, como nos recuerdan, con una sección fija al efecto, un día sí y otro también los informativos de la rtve. Todo vale aquí con tal de presentar como “abstención asumible” lo que es un escándalo democrático.

Así, pese a la importancia que proclaman con la boca pequeña, los dos grandes partidos han renunciado a confrontar, a hablar de lo que interesa a los ciudadanos y a renunciar a Europa para centrarse en lo local: el PP se presenta con la intención de lograr un refrendo de sus políticas locales y el PSOE se dedica a reivindicar un cambio de orientación en las políticas conservadoras, de las que también es responsable, para ver si no pierde comba para próximos comicios locales. No hay aquí nada que rascar.

Y, sin embargo, la importancia de Europa y de estas elecciones europeas en particular es enorme. Sobre todo, cuando Europa se ha dejado de ser para los países del sur y de la periferia un sueño para convertirse en su pesadilla. Los partidos eurófobos y xenófobos van ganando discurso y presencia en esta Europa con el respaldo de las política institucionales puestas en práctica por gobiernos conservadores respaldados por la socialdemocracia. De modo que el asunto central es de qué forma Europa puede ser parte de la solución a la crisis y no solo fuente de problemas. Lo queramos o no, estamos sufriendo las consecuencias de las directivas y de las políticas europeas, que han agudizado la crisis llevándola a una salida antisocial, se nos dice que buena parte de esa orientación en la política se debe a los gobiernos conservadores, pero también y muy especialmente a la deficiente articulación democrática de la construcción europea, pero se hurta a los ciudadanos la posibilidad de conocer las distintas opciones que ataquen el problema. Y la solución no pasa por revalidar las actuales políticas de austericidio y creciente desigualdad (PP) ni basta un simple cambio de estrategia (PSOE). Solo IU aborda con radicalidad el problema y reivindica lograr más presencia en el Parlamento Europeo para reforzar sus competencias, otorgar más poder a los ciudadanos que permita corregir los déficits democráticos, desmontar los acuerdos de Maastricht, “desarmar” la Troika y construir esa “otra” Europa más democrática y social con la que soñamos. Pero, cuando reivindicar en Europa “el poder de la gente”, que es el más elemental de los principios democráticos, te convierte en un extremista antisistema, es cuando nos damos cuenta de la verdadera dimensión del problema, una confirmación más de dónde estamos y a dónde nos ha llevado el “sistema”.

Por eso, os invito desde aquí a conocer sus propuestas y a votar en consecuencia. Se trata de dejar atrás la resignación, de “ir partido a partido”, porque, como decía José Mujica, el Presidente de Uruguay, en la entrevista de este domingo en Salvados, la enseñanza más importante que le dejaron qsus años de cárcel fue que “solo son derrotados quienes abandonan la lucha”.








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