Con mis mejores deseos

29 12 2014

A quienes veníamos repitiendo hasta la saciedad que no hay salida posible de esta crisis con las medidas adoptadas hasta ahora cada vez vienen a darnos más la razón. Y con “salida de la crisis” entiendo, y creo que solo puede entenderse, “salida social”, es decir, una salida para la mayoría social que corrija los errores, garantice y asegure mejor sus derechos. Es más, parece que cada vez coge más fuerza la doctrina del shock que interpreta la crisis, no como una consecuencia indeseada de la especulación y la desregulación de los mercados financieros, sino justamente como el mecanismo que han empleado eso que se ha consagrado impersonalmente como “los mercados” para vencer las resistencias sociales y democráticas y conseguir imponer por el miedo o la fuerza sus objetivos e intereses. Por eso, no es que no se haya vuelto a hablar de “refundación del capitalismo” ni tratar de corregir los errores del pasado, sino que se ha forzado a los gobiernos a cambiar las leyes para dejarles franco el camino hasta la victoria final. La suya, claro, que no es la nuestra.

La “solución” estaba ante nosotros desde el principio. Se trata de transformar la crisis y el sufrimiento generado y generalizado en normalidad. Lo ha dicho bien a las claras nuestro presidente de gobierno recientemente y Soledad Gallego-Díaz lo glosaba en su última columna: “La crisis económica ha terminado, anuncia el Gobierno en España. Probablemente, las cifras le den la razón. Pero si la crisis ha pasado, ¿lo que tenemos ahora es la normalidad? ¿Es esto lo que nos espera durante la próxima década?”.

Por eso, el cuestionamiento de la reforma constitucional del artículo 135 que constitucionalizaba el pago prioritario de la deuda antes que la atención de las necesidades sociales no tiene ni tenía un valor meramente simbólico. En este sentido, la auditoria de la deuda y su refinanciación, que son objetivos imprescindibles si se quiere no solo garantizar los servicios públicos, sino simplemente “hacer política”, es decir, poder tomar decisiones de forma autónoma con la legitimidad y el respaldo de las urnas, sin que la “dicten” sutilmente, pero con mano de hierro, los acreedores. Y ya solo el simple hecho de plantearlo es motivo de mofa, de acusar de no saber nada de economía; pero, cuando la posibilidad se torna real, como en el caso de Grecia, enseguida se blande el fantasma de la inestabilidad.

Y lo mismo ocurre con la pretensión de subir los impuestos a los ricos. Incluso, sin subir. Simplemente, con exigir que paguen lo que les corresponde. Marc Márquez, por ejemplo, ha anunciado recientemente que se va a vivir a Andorra para pagar menos impuestos. Pero la lista de estos “patriotas”, que son aclamados y recompensados constantemente por lucir la “marca España” es muy larga. Como la de quienes siendo personas fiscales facturan a través de sociedades, porque les trae más a cuenta. Y lo mismo ocurre con las grandes empresas que facturan desde el extranjero, se acogen a rebajas fiscales sin cuento, hasta conseguir que el tipo efectivo no pase del 5 o el 10%.

Pero los que “entienden de economía” lo tienen bien claro: “Es preferible hacer todo lo posible por mantenerlos. Un país es rico por sus ricos. Si no les consientes que paguen los impuestos que quieran, se marchan. Y es mejor que vivan en España”. Lo habréis oído hasta la saciedad. Al último que le oí una defensa incondicional de esta postura fue a Manuel Pimentel en Salvados. Y mantener lo contrario es “no saber de economía”.

Sin embargo, creo que en estos dos casos los conocimientos de economía no son lo determinante. No se trata aquí de no saber, de “intervenir” e “interferir” peligrosamente en inamovibles leyes económicas escondidas en recónditos e incompresibles modelos matemáticos. Se trata de asuntos más simples e intemporales. Se trata en el primer caso del viejo matonismo que en su fórmula escolar sería “si no pagas, te pego”. Es tan simple que no hace falta ni un master ni saber nada de economía, se aprende a sangre y fuego en infantil. El otro es tan antiguo como este, pero también simple. Sencillamente, los ricos ni cumplen ni quieren cumplir las leyes. Ya lo decía Aristóteles “los que tienen demasiados bienes de fortuna […] ni quieren ni saben ser gobernados” (Política, IV, cap. 10). No hay más.

Por eso, en estas fechas tan señaladas, no puedo por menos que transmitir mis mejores deseos a todos los hombres de buen corazón para el próximo año: Tratemos que estos “patriotas” no tengan ningún sitio a donde huir, que la justicia social en forma de leyes fiscales justas los persiga allá donde vayan. Que así sea, para que 2015 empiece a ser un buen año. S y R.

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Vuelta a la normalidad: A los toros después de misa

3 09 2013

Se acabó el paréntesis veraniego y, en esta ilusión mediática de que “todo sigue igual”, de que las aguas están volviendo a su cauce, ilusión de la que solo se ha salvado Forges, rescatándonos desde el humor, toca ahora “volver de vacaciones”. Así, descubrimos anunciado y difundido en todos los programas de la televisión  la vuelta a  la retransmisión en rtve de corridas de toros.

Lo curioso es que, en las cuidadas consignas propagandísticas repartidas entre los presentadores de estos nuevos informativos  o desinformartivos en que se ha convertido la televisión pública, se explicaba este cambio desde la “voluntad de esta casa (se entiende la rtve) de tratar con normalidad la fiesta nacional”. Fin de la cita.

Se trata por tanto de “volver a la normalidad” en lo que se refiere a las corridas de toros. Y por “tratar con normalidad” se entiende recuperar las retransmisiones que dan cuenta “sin prejuicios ni ideologías” de acontecimientos sociales festivos, sin imponer restricciones ni prohibiciones. Lo normal, vamos: Si hay asesinatos, malos tratos, sexo explícito, provocaciones, cargas policiales, disturbios, guerras, escenas violentas de cualquier tipo, etc. y se retransmiten; pues igual, con las corridas y encierros. Si las hay, lo normal es dar cuenta de ellas.

Pero bien sabemos que no hay normalidad objetiva posible y universalmente aceptada. Por eso, cuando en la charcutería te preguntan si quieres las lonchas “normales” (lo que resulta más frecuente de lo que parece), enseguida surge la duda y, en consecuencia, la preocupación sobre lo qué debe entenderse por normal en este tema tan delicado del grosor de las lonchas y del gusto de cada uno. Y, lo mismo pasa con todo, incluso con este tema de las fiestas de toros, que parece tener menos transcendencia que el grosor del fiambre. Bien sabemos que la transmisión o retransmisión de la información no es nunca objetiva, que no es lo “normal” poner la cámara o el micrófono y recoger “lo que hay”, porque la edición, la dirección y el montaje (y, por tanto, la selección y organización) resultan vitales. Si no, recuerden sin más, hace unos años, la cruel exposición interminable al visionado completo del “video de la boda”, por poner un ejemplo. Siempre hay y debe haber selección de contenidos en aras de su inteligibilidad y del tiempo disponible, pero también se deben producir decisiones políticas (y cuando digo políticas, digo sujetas a diálogo y acuerdo) sobre la conveniencia (la “propaganda gratuita” que podrían obtener grupos terroristas con la difusión de imágenes de atentados y el “efecto llamada” que ejercen los actos delictivos televisados) y la oportunidad (por la franja horaria o el público al que va dirigido). Y, en este último sentido, la población infantil ha experimentado una sobreprotección exagerada en algunos casos y una exposición excesiva en otros, que el autocontrol de los medios ni el único criterio de los padres parece haber resuelto satisfactoriamente.

Así que, no. No hay “normalidad” en el tema de las corridas de toros, ni en ningún otro. Porque la “normalidad” a la que se suele apelar a veces no es más que más que el resultado de una “normatividad” (poco importa ahora si es impuesta o acordada, aunque preferiríamos lo segundo) que tiene como consecuencia (o quizá como único objetivo) la puesta al descubierto de “lo diferente” como “lo anormal”, su “patologización”, exclusión, persecución y confinamiento. Y algo habíamos creído aprender de las ventajas de una “sociedad abierta” para que ahora volvamos a la “normalización”.

Y es este proceso de normalización, de potenciación y consideración de “modelo” y “ejemplo” lo que parece que está ocurriendo ahora con los toros. Más allá del conflicto irracional de las identidades, el PP parece haber elaborado una estrategia de “reidentificación normativa” en la que la “reintroducción” de la “fiesta nacional” resulta ser un instrumento privilegiado.

No solo son las corridas. En Salamanca, la muy noble y distinguida Fundación Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes ofrecía este año como una novedad estrella entre las actividades extraescolares que ofrece a los centros educativos un curso de Tauromaquia en el aula para alumnos entre 3º y 6º de primaria (justo el tramo de población al que habíamos consensuado proteger de espectáculos violentos).

Mucho me temo que esta vuelta a la “normalidad” termine apartando como “anormales” a quienes simplemente con comulguen con esa normatividad tan peligrosa.








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