Con mis mejores deseos

29 12 2014

A quienes veníamos repitiendo hasta la saciedad que no hay salida posible de esta crisis con las medidas adoptadas hasta ahora cada vez vienen a darnos más la razón. Y con “salida de la crisis” entiendo, y creo que solo puede entenderse, “salida social”, es decir, una salida para la mayoría social que corrija los errores, garantice y asegure mejor sus derechos. Es más, parece que cada vez coge más fuerza la doctrina del shock que interpreta la crisis, no como una consecuencia indeseada de la especulación y la desregulación de los mercados financieros, sino justamente como el mecanismo que han empleado eso que se ha consagrado impersonalmente como “los mercados” para vencer las resistencias sociales y democráticas y conseguir imponer por el miedo o la fuerza sus objetivos e intereses. Por eso, no es que no se haya vuelto a hablar de “refundación del capitalismo” ni tratar de corregir los errores del pasado, sino que se ha forzado a los gobiernos a cambiar las leyes para dejarles franco el camino hasta la victoria final. La suya, claro, que no es la nuestra.

La “solución” estaba ante nosotros desde el principio. Se trata de transformar la crisis y el sufrimiento generado y generalizado en normalidad. Lo ha dicho bien a las claras nuestro presidente de gobierno recientemente y Soledad Gallego-Díaz lo glosaba en su última columna: “La crisis económica ha terminado, anuncia el Gobierno en España. Probablemente, las cifras le den la razón. Pero si la crisis ha pasado, ¿lo que tenemos ahora es la normalidad? ¿Es esto lo que nos espera durante la próxima década?”.

Por eso, el cuestionamiento de la reforma constitucional del artículo 135 que constitucionalizaba el pago prioritario de la deuda antes que la atención de las necesidades sociales no tiene ni tenía un valor meramente simbólico. En este sentido, la auditoria de la deuda y su refinanciación, que son objetivos imprescindibles si se quiere no solo garantizar los servicios públicos, sino simplemente “hacer política”, es decir, poder tomar decisiones de forma autónoma con la legitimidad y el respaldo de las urnas, sin que la “dicten” sutilmente, pero con mano de hierro, los acreedores. Y ya solo el simple hecho de plantearlo es motivo de mofa, de acusar de no saber nada de economía; pero, cuando la posibilidad se torna real, como en el caso de Grecia, enseguida se blande el fantasma de la inestabilidad.

Y lo mismo ocurre con la pretensión de subir los impuestos a los ricos. Incluso, sin subir. Simplemente, con exigir que paguen lo que les corresponde. Marc Márquez, por ejemplo, ha anunciado recientemente que se va a vivir a Andorra para pagar menos impuestos. Pero la lista de estos “patriotas”, que son aclamados y recompensados constantemente por lucir la “marca España” es muy larga. Como la de quienes siendo personas fiscales facturan a través de sociedades, porque les trae más a cuenta. Y lo mismo ocurre con las grandes empresas que facturan desde el extranjero, se acogen a rebajas fiscales sin cuento, hasta conseguir que el tipo efectivo no pase del 5 o el 10%.

Pero los que “entienden de economía” lo tienen bien claro: “Es preferible hacer todo lo posible por mantenerlos. Un país es rico por sus ricos. Si no les consientes que paguen los impuestos que quieran, se marchan. Y es mejor que vivan en España”. Lo habréis oído hasta la saciedad. Al último que le oí una defensa incondicional de esta postura fue a Manuel Pimentel en Salvados. Y mantener lo contrario es “no saber de economía”.

Sin embargo, creo que en estos dos casos los conocimientos de economía no son lo determinante. No se trata aquí de no saber, de “intervenir” e “interferir” peligrosamente en inamovibles leyes económicas escondidas en recónditos e incompresibles modelos matemáticos. Se trata de asuntos más simples e intemporales. Se trata en el primer caso del viejo matonismo que en su fórmula escolar sería “si no pagas, te pego”. Es tan simple que no hace falta ni un master ni saber nada de economía, se aprende a sangre y fuego en infantil. El otro es tan antiguo como este, pero también simple. Sencillamente, los ricos ni cumplen ni quieren cumplir las leyes. Ya lo decía Aristóteles “los que tienen demasiados bienes de fortuna […] ni quieren ni saben ser gobernados” (Política, IV, cap. 10). No hay más.

Por eso, en estas fechas tan señaladas, no puedo por menos que transmitir mis mejores deseos a todos los hombres de buen corazón para el próximo año: Tratemos que estos “patriotas” no tengan ningún sitio a donde huir, que la justicia social en forma de leyes fiscales justas los persiga allá donde vayan. Que así sea, para que 2015 empiece a ser un buen año. S y R.

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La necesidad de la disidencia para la democracia

23 09 2014

Leí esta semana en un medio local de Salamanca, en una morcilla de opinión que suele incrustar en artículos de información, la valoración despectiva que le merecía la contestación a la construcción de un aparcamiento subterráneo en el Parque Infantil de Garrido. Toda la oposición al proyecto quedaba reducida y manipulada de forma simplista a un “No sé, pero me opongo”.
Aunque pueda resultar más que discutible calificar como medio de comunicación a este periódico, cuya sola existencia se justifica exclusivamente en la defensa de los intereses económicos de sus propietarios, es decir, del conglomerado político-empresarial que dirige el Ayuntamiento de Salamanca, el desprecio que expresa hacia cualquier forma de disidencia con los proyectos del actual equipo de gobierno lo convierten no solo en altavoz político-gubernamental, sino en agente decidido de la represión y el control ideológico. Ya no es solo que no tengan cabida en sus páginas las posiciones discrepantes (en esta lógica perversa para un medio de comunicación, pero que hemos terminado aceptando como normal, de que “no van a ellos quienes den difusión a quienes están en contra de sus intereses”) y, ya sabemos que, en las democracias mediáticas actuales, lo que no aparece en los medios no existe; sino que arrojan al espacio ideológico de lo inconsistente toda discrepancia. Desconozco si estas prácticas son fijaciones de comportamientos aprendidos del régimen totalitario nacional-católico del que provienen y en quien se complacen. A mí, solo me corresponde la denuncia de estas prácticas y la defensa de la disidencia, más que del seguidismo sumiso, para el correcto funcionamiento de la democracia.
“Es mentira que no tenga enemigos. Es mentira que no tengan razón”, cantaba Sabina, en una forma certera de expresar la tolerancia y la parte de verdad que hay que reconocer a quienes no piensan como tú. En nada de esto, que se sitúa en el meollo de la democracia, es decir, los valores a los que se pretendía sensibilizar desde la Educación para la Ciudadanía, hoy cesante, se han educado estos “periodistas locales”. Es más, se muestran especialmente refractarios a ellos.
Pero, sobre todo, me parece especialmente preocupante en quienes ejercen el poder prefieran siempre rodearse de incondicionales y aduladores y despreciar a quienes disienten, o, como en el caso que nos ocupa, encargarles su liquidación ideológica a los “medios de comunicación” amigos. Porque la articulación de la disidencia, de la insumisión y la construcción de un posición alternativa contraria y enfrentada requiere siempre un plus de coraje intelectual y de valor moral, frente a la aceptación, la obediencia y el acatamiento incondicional. Siglos de evolución y de control social de la disidencia han terminado por generar poblaciones con “moral de rebaño”, que diría Nietzsche, dóciles y sumisas. Incluso en este género tan nuestro que es la picaresca, la socialización final del “héroe” pasa por aceptar las servidumbres que exigen el éxito social que expresa “rodearse siempre de buenas compañías”.
Quizás quien primero reflexionara sobre esto fuese Etienne de la Boëtie en su Discurso de la servidumbre voluntaria o el Contra Uno. Quizás, también, este artículo no busque otra finalidad que animar a su lectura. Este humanista francés, al que conocemos por su amistad con Montaigne, de quien siempre digo que es uno de mis filósofos de cabecera, se plantea justamente eso. ¿Por qué aceptamos someternos al poder de uno? ¿Por qué renunciamos tan fácilmente a nuestra libertad? La sola insolencia de la pregunta, la convierte ya en peligrosa. Porque, en su respuesta, no hace recaer la responsabilidad principal en el soberano, sino en la falta de coraje de quienes se pliegan cómodamente a obedecer. Por eso, la fortuna hizo que esta obrita fuese breviario de protestantes y hugonotes frente a los católicos en esa sangría que fueron las Guerras de Religión francesas del siglo XVI. Pero, sobre todo, también quiera destacar el coraje de Montaigne al publicar este panfleto tan contrario a sus intereses, siendo católico hasta la médula, lo que no puede significar en él más que con dudas y personalmente, y, sobre todo, manteniendo posturas tan conservadoras en lo político.
De forma que, como conclusión a todo este rodeo tan del gusto de Montaigne, tendríamos que defender justamente lo contrario de lo que mantiene la línea editorial de esta “prensa canalla”, es decir, exigir que se paralice la obra, que ya se inició sin permisos, y reconocer la necesidad de escuchar las razones bien fundadas de quienes se oponen al aparcamiento subterráneo, ante cuyo proyecto me imagino a los políticos locales en actitud semejante a lo que eran objeto de comentario de Millás; y repudiar a una prensa que, lejos de asumir la responsabilidad de ser el “cuarto poder” de la democracia, va incondicionalmente de la mano de los poderosos para repetirnos invariablemente ante cualquier proyecto municipal “No sé, pero lo apoyo”. Y esto es justo lo que no necesitamos en democracia.





¿Por qué no quiere usted pudrirse?

8 04 2014

Pocas veces es motivo de análisis y crítica la difícil relación entre administración y administrados, gobernantes y gobernados. Así, hemos desembocado en la democracia sin haber hecho un ejercicio consciente y deliberado de formar a jóvenes y no tan jóvenes en el ejercicio y las exigencias de la ciudadanía democrática, mención aparte merece, por lo transitorio e insuficiente, el proyecto que supuso la Educación para la Ciudadanía; de ahí que pervivan entre nosotros tics autoritarios que condicionan y lastran gravemente el ejercicio de las libertades.

¿Cómo debería ser esta relación? ¿Cómo debería entenderse en una democracia avanzada el ejercicio del poder? Y ¿cómo deberíamos entender a los cargos públicos? Resulta claro que en democracia, más que en ningún otro sistema, el ejercicio del poder no puede entenderse más que como voluntad de servicio, porque quienes ejercen el poder no son realmente sus depositarios, sino “delegados transitorios”, unos “mandaos”, que diríamos popularmente, que solo pueden ejercer el poder como servicio público, es decir, como “tarea encomendada, provisional, transitoria y finalista” de aquellos en quienes reside todo el poder, que son los ciudadanos. Que el poder y la soberanía residan en el pueblo significa justamente eso y que los gobernantes no lo poseen sino por delegación y que la legitimidad de su ejercicio está en la ciudadanía. Pero rara vez esto se entiende así. El pueblo soberano concede en las elecciones más de lo que legítimamente debería, porque confía en un partido o en su líder para que sean ellos quienes resuelvan sus problemas. Y, quienes así logran el poder, ya se sabe, se creen legitimados a tomar cualquier decisión con tal de que puedan venderla como la solución a los problemas ciudadanos, incluso aunque tengan que inventarse los problemas.

Lo cierto es que perviven recubiertos de una fina capa de barniz prácticas clientelares muy arraigadas y quienes ejercen el poder, los poderosos, se creen legitimados a mantener y ostentar el poder, incluso aceptando las elecciones como mal menor o como trámite engorroso, pero necesario. Y así nos va.

El poder no se ejerce de acuerdo con su fundamento democrático que Rousseau llamaba la “voluntad general”. De hecho, en el Ayuntamiento de Salamanca hemos visto recientemente como la “voluntad general” y la defensa de lo público estaba en un parte y no en quienes desempeñaban los cargos públicos. Eso resulta claro y sancionado judicialmente en el caso de los contratos de El Corte Inglés o Vialia, donde la defensa de los intereses públicos tuvo que ejercerse por vía judicial contra quienes deberían haberlo protegido. Y lo mismo ocurre ahora con las reivindicaciones de los vecinos de Buenos Aires, los de Comuneros y los de Brincones. Solo que aquí la defensa de la convivencia pacífica, los espacios verdes o la salud, por simplificar sus reclamaciones, rayan o se sitúan por debajo de lo tolerable. Se trata de hacer posible la vida (y cuando decimos vida estamos siempre hablando de vida humana, es decir, de una vida digna) o de no hacerla posible.

Y, ante estas elementales exigencias, el Ayuntamiento y el resto de las autoridades competentes se han declarado incompetentes. En Buenos Aires, se ha decidido, tras una reunión agónica en que se emplazaba a proponer medidas, a formar una mesa de convivencia para estudiar el asunto. Un pobre avance para tan graves problemas. Y lo mismo, o parecido, ha ocurrido en Comuneros. Se creará una comisión negociadora que se reunirá para tratar de llegar a un acuerdo, un acuerdo que se augura difícil donde las partes ya han fijado sus posiciones. Pero más grave resulta la espantada del Presidente de la Diputación a los vecinos de Brincones y representantes de FEVESA que pretendían acudir al pleno. Simplemente, les dio con la puerta en las narices, impidiéndoles la entrada a una sala que ya se había encargado previamente de llenar. Unas formas de afrontar los problemas y “dar la cara” cuanto menos sorprendente.

Sin embargo, el abandono a su suerte de Buenos Aires, reducir los días y posibilidades de consulta médica o cargarse uno de los pocos parques del centro de Salamanca para hacer un aparcamiento subterráneo condena a los ciudadanos a vivir muy por debajo de exigible como digno en una sociedad democrática que se funda en la justicia. Que las autoridades se sorprendan y critiquen sus reclamaciones expresa hasta qué punto no entienden que los vecinos y los ciudadanos no consientan ya que el abuso y el deterioro progresivo les condene a pudrirse lentamente.





Contra la amnesia y la ilusión

11 02 2014

En estos tiempos difíciles que vivimos, donde la torpeza de nuestros dirigentes es tal que ninguno llega al aprobado, donde la entrevista a un presidente de gobierno no tiene una audiencia más que discreta, se impone como obligación moral mantener viva la memoria y denunciar las falsas quimeras. Y debe hacerse como ejercicio diario: Leer y releer sin descanso los obscenos correos y sms de los “amiguitos del alma” de la Gürtel en Valencia agradeciendo sus regalos, los subidos de tono y crecidos por la espuma del éxito de Urdangarin, los minuciosos apuntes contables en b de Bárcenas en justa recompensa a la indemnización por su despido en diferido con retención simulada, el intercambio de favores por cuenta ajena del cortijero Blesa en CajaMadrid, etc. He aquí un plan de lectura para escolares y extraescolares que haría subir sin duda no solo la competencia lectora, sino democrática. No se nos debe olvidar la catadura moral de estos individuos, la seguridad y complicidad de quienes se sienten superiores e impunes y la caprichosa y obscena utilización de lo público en su beneficio.

Pero tampoco debemos caer en engaños. Resulta más fácil y llena de esperanza y consuelo los oídos decir que “estamos saliendo de la crisis” que enfrentarnos a la cruda realidad que imponen las cifras del paro o los nuevos de recortes exigidos por Bruselas para pasar del 5,8% del déficit al 4,2. Lo cierto es que se ha impuesto la “ilusión” de concebir la crisis como un paréntesis. Han bastado los “sacrificios humanos” que han supuesto los recortes en sanidad, educación, dependencia, derechos y regulación laboral, etc. ante el todopoderoso dios que son los Mercados, para conseguir mágicamente atraer a los fondos buitre internacionales. “La crisis pasará y todo volverá a ser como antes”, se nos dice.

Pero nada volverá a ser como antes, que nadie se engañe, porque ya no puede ser como antes. Porque los recortes no son ni serán temporales. Nadie espere recuperar lo perdido: la paga extra, el poder adquisitivo, la jornada laboral, la categoría profesional, las condiciones laborales, el trabajo, la vivienda, la familia o la vida. Se fue para siempre. De hecho, esos “sacrificios” los ha vendido la derecha como necesarios para mantener el “estado de bienestar posible”. Porque el “estado de bienestar” anterior era imposible. Los recortes a la mayoría son y serán permanentes porque son la condición necesaria para aumentar la tasa de beneficio de la minoría.

Pero conviene enfocar bien el problema. Porque en la quimera de la “crisis paréntesis” también ha sucumbido buena parte de la izquierda. De ahí, que no remonte ni pueda remontar cabeza. Porque hasta ahora nos ha vendido la resistencia a los recortes como una lucha por recuperar el “estado del bienestar conseguido”. Y este tenue matiz aparente entre lo posible y lo conseguido, que es grande, no obstante, en calidad y condiciones de vida, ha ocultado e impedido un análisis de la crisis que acertase a comprender su profundidad y extensión, pero también las posibilidades de transformación de un “sistema injusto y criminal”, según palabras del propio Papa Francisco.

Pero, si resulta obvio para todos que nada volverá a ser como antes, no tiene sentido mantener la quimera de la “crisis paréntesis”. Pero lo obvio como lo diáfano es muchas veces difícil de reconocer. Incluso Zubiri llegó a caracterizar la filosofía como “visión violenta de lo diáfano”. De ahí que, junto a mantener fresca la memoria, haya también que desmontar la ilusión. La cuestión está en saber si, una vez reconocido que nada volverá a ser como antes, queremos que todo vuelva a ser  como antes o no. Si fuese así, como mantiene la izquierda alternativa, ha llegado el momento de sumar fuerzas para renunciar definitivamente a la conservación de los restos del estado de bienestar, en una guerra que ya tenemos perdida, de reagrupar efectivos y hacernos fuertes en Kamchatka para volver a conquistar el mundo con objetivos más ambiciosos que conservar lo que nos queda. De lo contrario, habremos perdido la brújula y seguiremos celebrando como victorias (que lo son, pero pírricas) la huelga de basuras de Madrid o la retirada del proyecto de privatización de hospitales públicos, lo que no es más que una retirada temporal de la ofensiva.

Y, como ya es 11 de febrero, que es una fecha importante para mí, sobre todo, después de la declaración como imputada de un miembro de la casa real, termino recordando las palabras que pronunció Castelar otro 11 de febrero de 1873: “nadie ha acabado con ella [la monarquía parlamentaria], ha muerto por sí misma; nadie trae la República, la traen todas las circunstancias, la trae una conjuración de la sociedad, de la naturaleza y de la Historia. Señores, saludémosla como el sol que se levanta por su propia fuerza en el cielo de nuestra Patria.”





Basta ya

21 01 2014

Sin entrar a analizar los episodios violentos, lo ocurrido en el barrio Gamonal de Burgos hay que entenderlo como un estallido no espontáneo sino fraguado durante años del malestar social ante de los repetidos escándalos urbanísticos impunes, la connivencia continuada entre el poder municipal y determinados grupos de comunicación y empresariales de la ciudad de Burgos, el desprecio de los representantes públicos ante los ciudadanos, etc. Todo parece indicar que el ambiente estaba lo suficientemente caldeado para que el anuncio de las obras de urbanización del bulevar sacase a los vecinos de sus casas para impedir la ejecución de las obras. Estaban cansados ya de tanto atropello: era la gota que colmaba el vaso, la línea roja que no podía rebasarse, el “hasta ahí podíamos llegar” y el “basta ya”.

Lo curioso es que la somera descripción anterior, sin entrar en detalles concretos y cambiando unos nombres por otros, podría encajar perfectamente con la situación de muchas de las ciudades, no solo de Castilla y León, sino de España entera. Se puede afinar y buscar meticulosamente las diferencias, pero también se pueden destapar y airear las similitudes. Esto no es derrotismo, es una constatación simple y una denuncia. Por eso, Gamonal ha despertado tantos recelos y tantas simpatías. Incluso, quienes temían que el alcalde terminase paralizando las obras, porque daba alas a los violentos, pero, sobre todo, la razón a los vecinos, hablaban del efecto Gamonal y de que fuese la cerilla que prendiese la mecha de protestas similares en otras ciudades; también ellos compartían a su pesar el análisis de las similitudes, el clima de corrupción y el hartazgo ciudadano que podía estallar en cualquier momento.

En esta misma línea, en Salamanca, el consistorio ha anunciado un nuevo proyecto de aparcamiento subterráneo en la Avda. de los Comuneros, y un PSOE local perdido, pero que todavía no ha tocado fondo en su desorientación, respalda el proyecto. Se licitará en marzo. Es posible que el proyecto obtenga el mismo éxito que otras iniciativas semejantes en otros emplazamientos, como el proyectado en la Plaza del barrio de Garrido o el Paseo de San Antonio, que terminaron desestimándose, porque no se vendieron las necesarias plazas para residentes que sufragaran el proyecto. Pero estamos ante otro nuevo plan que se anuncia sin que se haya producido el previo, necesario y de elemental exigencia democrática proceso de información e intercambio de opiniones con los vecinos afectados y sin que quede ya representación municipal que canalice la oposición. Falta de transparencia e indefensión vecinal, como viene siendo la tónica habitual, desde el principio. Pero también, falta de previsión e improvisación, porque el proyecto no estaba recogido en el reciente Plan de movilidad presentado por el Ayuntamiento. Si obtiene el mismo resultado que los anteriores, el Ayuntamiento volverá a sumar otro nuevo fracaso que reforzará la falta de oportunidad. Pero, ante la falta de proyecto claro para la ciudad, el equipo de gobierno y, lamentablemente, la oposición institucional, están dispuestos a todo. Con todo, lo más grave es que, además de los enormes inconvenientes que provocará a los vecinos y empresarios de la zona y el impacto negativo sobre el ya deteriorado Parque de La Alamedilla, parece evidente que este tipo de aparcamiento resulta innecesario en esta zona.

Todas las actuaciones municipales en el entorno de la Avda. de los Comuneros: reducción de plazas de aparcamiento en superficie (incluyendo la temporal por fracasada delimitación de parada de taxis), la sorpresiva y sorprendente no inclusión de la calle en la ampliación de nuevas zonas de aparcamiento regulado, etc. todo parece indicar una connivencia clara del equipo de gobierno con las posibles empresas concesionarias del aparcamiento, para generar primero una necesidad que solo un aparcamiento de titularidad pública después, pero de explotación privada, en un régimen de concesión tan largo como discutible, han decidido que puede cubrir.

Sería muy fácil encontrar otra solución para cubrir las necesidades de aparcamiento de los vecinos (no los intereses de las empresas de aparcamiento) y que incidiese mejor y más positivamente en los problemas de movilidad de Salamanca y favoreciese el uso del transporte público o el servicio municipal de alquiler de bicicletas. Tan fácil como encontrar la ubicación más oportuna para un aparcamiento disuasorio,  incluso para esa misma vía de acceso que, sin colapsar más la Plaza de España, bonificase el uso colectivo del coche privado, el uso del bus o de la bicicleta. Habrá que volver a salir a la calle para pelearlo.

Las similitudes son tantas que hay que insistir: no estamos en Burgos, sino en Salamanca.





El regreso de los zombis

3 12 2013
Portada del libro Curso urgente de política para gente decente de J.C. Monedero

Portada del libro Curso urgente de política para gente decente de J.C. Monedero

Este viernes 28 de noviembre Juan Carlos Monedero presentó su libro Curso urgente de política para gente decente en el salón de actos de la Facultad de Geografía e Historia de Salamanca, en un acto organizado por Jóvenes de Izquierda Unida. Un éxito de público y un éxito también en la acogida de lo que allí se dijo, especialmente entre la población joven y universitaria, que se quedó con ganas de más. Algo que, como cabía de esperar, ha pasado desapercibido para quienes dicen ser cronistas de esta ciudad.

La urgencia del llamamiento para que la gente decente asuma la necesidad de participar y renovar los modos de hacer política contrasta con la enorme perplejidad con la que vive una sociedad que ha ido perdiendo sus grandes referencias dadoras de identidad y de sentido: El trabajo, las organizaciones políticas y sindicales, la propia iglesia o las ideologías. Perplejidad que contrasta nuevamente con todo un conjunto de tópicos enraizados ya como “sentido común”, que la gran ofensiva ideológica neoliberal ha ido consolidando como incuestionables desde los años 80: mercantilización de todos los ámbitos de la vida, consideración de que lo privado funciona mejor que lo público o que los seres humanos somos “naturalmente egoístas”. Cuestiones estas que un moldeable “sentido común” ha terminado por aceptar, pero que no dejan de ser más que discutibles cuando se analiza caso por caso.

De ahí, que sea necesario, a juicio de Juan Carlos Monedero, un ejercicio continuado de reflexión que nos ayude a repensar la política, que resulte prioritario ganar la “batalla ideológica” antes que la batalla política.

Y no es fácil porque la precarización creciente del trabajo (eso que se llama ahora flexibilidad de horarios, salarios y categorías, y que pretenden vendernos como única salida) y la enorme cantidad de desempleados genera una inseguridad laboral y un miedo profundo a perder el empleo, pero también impide establecer relaciones estables que permitan reconocer en tu compañero a un “compañero de trabajo” que tiene las mismas necesidades, los mismos intereses y que está dispuesto también a defenderlos contigo. Pero también el proceso de “cartelización de los partidos políticos”, más allá de los problemas del bipartidismo y de la partitocracia imperante, no favorece en nada la participación democrática, sino que los convierte en instrumentos privilegiados para apuntalar esta “democracia” esclerotizada que padecemos.

Y si a esto unimos la pérdida de memoria histórica, la incapacidad de contarnos un relato que enraíce nuestra democracia, no en el simulacro de la “santa transición”, sino en la república, y que condene definitivamente el franquismo y repare a sus víctimas, tenemos un panorama desolador.

Pero conviene tener claro el profundo cambio en los marcos de referencia, el diagnóstico y los instrumentos de anonadamiento y coerción (sin entrar en la nueva ley mordaza) si queremos diseñar cualquier estrategia de acción no solo ya de resistencia, de mantener y conservar lo conseguido, sino de transformar y avanzar hacia otro futuro menos sombrío. Porque no es verdad que no se pueda hacer nada y claro que hay alternativas.

Monedero dice también que le gustan las películas de zombis y las utiliza para explicar el comportamiento de nuestra actual clase política. No sé si alguna vez se habían ido, pero han vuelto (y no me refiero solo al PSOE), sino a los expresidentes de gobierno: analicemos si no esta campaña de presentación de sus memorias o fundaciones para su mayor gloria, en la que todo se resume en una estrategia persistente, insaciable y desvergonzada en reescribir la historia para que salgan exculpados, si no como héroes visionarios. Hay que desenmascararlos. A la mierda con ellos.

Y también han vuelto otro tipo de zombis, esta vez en forma de fondos de inversión. Están llegando de nuevo las “inversiones” a España, ya lo decía Botín, aunque sea en forma de “fondos buitre”. Resulta imprescindible ver completo el programa de Jordi Évole España en venta. Basta ver y escuchar las declaraciones de sus asesores para darse cuenta que, aunque se parezcan a nosotros, no son como nosotros, no sé si están muertos, son zombis o están infectados, pero no son como nosotros. Buitres y zombis están entre nosotros, nos ven como carne fresca, hablan de nosotros como de “tipos incomprensibles”, que no tienen dinero para repartirse la carroña de edificios de protección oficial y solo quieren tener una casa para vivir. Simplemente una casa para vivir. O simplemente vivir. Y no lo entienden, porque ellos están muertos y vienen a por nosotros.





Con el pacto hemos topado

2 07 2013

Resulta sorprendente e incomprensible, al menos para mí, la buena prensa que tienen los pactos (pequeños, grandes o medianos), pero pactos, entre partidos nacionales. Sobre todo, porque, cuando los pactos son de gobierno y especialmente en los ayuntamientos (tras unas elecciones y, muchas veces obligados por los propios resultados electorales) invariablemente también son señalados como “apaños” o “componendas” poco claros.

Las razones se repiten machaconamente y se asumen de forma general sin el más mínimo análisis. Pero los motivos de una y otra formación para lograr en este caso un acuerdo respecto a la política europea y los “intereses españoles” y su oportunidad deberían ponerse bajo la mirada atenta de los ciudadanos.

Resulta sorprendente que un partido y un gobierno que ha hecho gala y presumido tanto de la mayoría absoluta lograda en las últimas elecciones generales, que nunca hasta ahora han desautorizado la política europea, aunque fuese contraria a los “intereses españoles”, (es decir, no tenemos constancia de ningún acuerdo europeo adoptado con la oposición explícita  del gobierno español), y que han gobernado como nadie a golpe de decreto-ley, ahora se avenga a pactar con el principal partido de la oposición, el mismo que les dejo la terrible herencia que ellos mismos se han encargado de empeorar.

Pero, más difícil resulta entender las razones de PSOE para pactar y para ofrecerse a este y otros pactos futuros. Cuando resultaría lógico esperar que la oposición endureciese su labor, se postulase como alternativa y presentase propuestas distintas de las que aplica el gobierno actual, las mismas que se vienen aplicando desde el giro de mayo de 2010 de Zapatero y las mismas que le llevaron a una dolorosa derrota electoral; pues decide hacer frente común con el gobierno frente a la ahora equivocada, si no pérfida, política económica europea.

Sin duda, solo deben obedecer a razones de oportunidad, porque las razones políticas resultan cuando menos discutibles. Pero las razones de oportunidad que se me ocurren son todas partidistas, salvo que aceptemos la nueva fe del gobierno en que estamos remontando. Y, desde luego, estas últimas no convendrían al PSOE. Así, la oportunidad debe ser otra.

Y solo se me ocurre el miedo. Los dos grandes partidos ven peligrar su bipartidismo con unas expectativas de voto cercanas o inferiores al 50% y otras dos fuerzas emergentes dispuestas a disputarles ese reparto de poder, tan deseable para los poderes económicos y la corrutocracia bipartidista que todo lo empapa, pero tan discutible para el funcionamiento de la democracia, y se apresuran a salvar los muebles de este gran apaño democrático que montaron con relato “verdadero” e “incuestionable” de una transición modélica.

Poco importa que el gran pacto, el pacto social alcanzado en Europa tras la II Guerra Mundial y que llegara tan tardía e incompletamente a España, el pacto de rentas que propició el “estado del bienestar” (en crisis desde los gobiernos de Reagan  y Thatcher) esté ahora cerrado por derribo con la excusa de esta crisis económica. Así, mientras asistimos al desmantelamiento de la sanidad y educación públicas, de los servicios sociales y los derechos laborales y sociales más básicos; a la recatolización de la educación, de la justicia y del ámbito de las decisiones y opciones vitales personales; a la reespañolización y recentralización de competencias y desmantelamiento del modelo territorial, tanto en el ámbito local como autonómico; mientras asistimos a un proceso deconstituyente que nos situará políticamente en el estado previo a la “santa” e “inviolable” (para lo que se quiere) constitución del 78; mientras asistimos a todo esto, como en el anuncio de Jacqs, vuelven los pactos.

Pero en democracia, no debería haber más pactos que las reglas de juego. Porque lo contrario, significaría un pacto de contenidos e intereses. Y eso es justo lo contrario de la democracia, entendida como “expresión pública de la discrepancia de intereses e ideologías”. Resulta incómodo tener que repetir lo obvio, pero hay ideologías porque hay distintas formas contrapuestas de entender el mundo y la sociedad que derivan de explicitar política y económicamente los distintos intereses sociales. Hay que decirlo claramente: No todos tenemos los mismos intereses y, como ahora, las “soluciones” adoptadas hasta ahora solo han beneficiado a una minoría y perjudicado a una inmensa mayoría social: El aumento de la desigualdad y el empobrecimiento de las clases medias no son accidentales. No puede haber “un” gran pacto político para salir de la crisis, porque tampoco hay unos “intereses españoles” comunes. Pertenece a la clase dominante hacer creer a la mayoría social que “su” solución es la única posible o que sólo hay “una” solución.

Si el PSOE cae en esta trampa con los pactos, habrá condenado su futuro y traicionado a su base social. Las alternativas que favorezcan a la mayoría social tendrán que buscarse más a la izquierda.








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