Empezar por el principio

23 02 2022

Me ha resultado muy difícil retomar este blog y empezar a escribir de nuevo. ¿Qué entrada podría ser la primera? ¿Por dónde empezar? ¿Cuál debería ser el principio?

Recuerdo que en uno de los institutos en los que he estado, el jefe de departamento me espetó en la primera semana de octubre que ya se había dado cuenta de que sería imposible entenderse conmigo (y eso que acababa de incorporarme). Ciertamente, la afirmación era verdadera, pero la razón que argüía era que yo no había empezado por el principio. Así que, mis temores por los inicios se remontan a mucho tiempo y parecen estar más que justificados. Mi respuesta fue algo así como “Ah, ¿pero se puede empezar por otro sitio no sea el principio?” Obviamente, si había algún resquicio de que nos entendiésemos se cerró para siempre en ese momento. Aunque, quizás las cosas no ocurrieran así, porque siempre tendemos a dulcificar el pasado para crearnos un recuerdo más favorable, pintar a los demás más lentos y torpes y a nosotros más ingeniosos, rápidos y certeros. Así que no ahondemos mucho en este recuerdo, sino, simplemente, aceptar con la contundencia de la lógica que resulta imposible empezar por otro sitio que no sea el principio.

Djokovic en una imagen de As

Por eso, quisiera empezar por el principio y comentar la entrevista que Djokovic hacía recientemente a la BBC y que recogía El País “Djokovic no da su brazo a tocer” en la que habla de “sus” principios. En ella, en efecto, Djokovic mantiene que “Cueste lo que le cueste, será fiel a sus principios”. Y, la verdad, que dicho así suena a integridad moral, frente al chascarrillo atribuido a Groucho que mantenía cínicamente: “Estos son mis principios, pero, si no le gustan, tengo otros”. Resulta difícil aceptar para muchos de nosotros que esas posiciones respondan a una cuestión de principios. Quizás sería más adecuado cambiar la palabra “principios” por “convicciones”, porque, interpretado así, parece ser más coherente para describir la posición del tenista serbio en el Open de Australia y que le puede llevar a perderse toda la temporada, por su empeño de no vacunarse. No se vacuna, no por principios, sino por sus creencias o convicciones.

La palabra “principio”, frecuentemente utilizada en cuestiones morales como signo de prestigio, no resulta tan adecuada para describir los asuntos morales como los asuntos geométricos o axiomáticos. Aquí, en efecto, los principios o axiomas son “aquello por donde se empieza”, o mejor “aquello por donde únicamente puede empezarse” en todas las demostraciones. Y aquí tiene un sentido claro. En filosofía moral, “principio” viene a significar lo mismo que “valor” o “valor básico”. Pero, a pesar de que los valores morales básicos, como la igualdad o la justicia son igualmente evidentes, en el sentido de que no pueden negarse (nadie puede estar en contra de la justicia, como nadie puede oponerse fácilmente al principio de no contradicción), se diferencian con los principios geométricos en que estos son independientes (no puede demostrarse uno por otro, ni ninguno es más básico que el otro en consecuencia) mientras que los valores morales no son independientes, sino preferibles y jerarquizables y, en consecuencia, unos pueden considerarse más básicos que otros. Es una jerarquía concreta o escala de valores lo que define una moral concreta, ya sea personal o social. Por eso y es lo que mantengo aquí, sería más correcto decir que algo está en contra de mi escala de valores a que algo está en contra de mis principios. También porque los principios morales, en tanto que universalmente aceptados, no pueden ser “míos”, porque de lo que me puedo apropiar es de una escala de valores, de la que sí puedo decir que es mía.

Ser fiel a unos principios o a una escala de valores es algo moralmente valioso cuando no se cambian en función de las conveniencias o beneficios personales. Pero los problemas o dilemas morales nos obligan a cuestionar y, con frecuencia, reordenar esas escalas. De forma que solo en esta flexibilidad ante situaciones morales novedosas es lo que nos permite avanzar moralmente. Mantener los valores o las normas cuando se revelan incapaces de dar una respuesta moral aceptable, no es integridad moral sino rigorismo, que es el equivalente práctico al dogmatismo teórico. Buen ejemplo de esa flexibilidad es la célebre respuesta de Jesús ante los fariseos cuando, ante su insistencia de que lo moral es cumplir las normas, o en el caso de Djokovic sus principios, les respondió “Volvéis a olvidar que las leyes están hechas para el hombre y no el hombre para la ley”. Porque, en general, comportarse adecuadamente es cumplir con las normas o seguir tus principios, pero la vida moral es más compleja que ese rigorismo moral infantil o tonto que, llevado a sus últimas consecuencias puede llevar aparejado situaciones inmorales o injustas y, a veces, ridículas. Baste recordar el caso de aquel que por cumplir la norma de “Prohibido hablar con el conductor”, viendo que el conductor se estaba quemando, creyó que lo correcto era no decirlo provocando con ello un accidente.

Y hasta aquí por hoy. Hemos hablado en primer lugar de los principios, aunque solo sea para aclarar que no son lo mismo principios que convicciones, ni integridad moral que rigorismo, e introducir con ello, desde el principio, algo de claridad. Por eso, podemos concluir que Djokovic en este caso no se comporta de forma íntegra sino rigorista y fiel a sus convicciones.


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